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[Crónica] Adivina, Cristo, ¿quién es el que te ha golpeado?

  • Viernes 30 de marzo de 2018
  • en CDMX

Qué difícil es dar con la cara de Dios en el Cerro de la Estrella. Ayer, bañado en sangre, expiró. Hace más de siglo y medio que Cristo muere cada año en la delegación Iztapalapa en la Ciudad de México.

Como cada vez, en esta representación del viacrucis, un joven de la demarcación toma el lugar de Cristo. Después de ser condenado por el pueblo, Iván Pedro Estrella Moscoso abraza su cruz de pino. Noventa y cinco kilos sobre su espalda representan el peso del mundo.

Jesús de Nazaret cae y se levanta como uno que enfrenta el miedo, uno que construye su casa de cartón, uno que dice te quiero. Como el desempleado busca y el hambriento soporta. Avanza como un migrante en el desierto.

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En su camino al calvario, sus ojos son campos dorados, miel, la belleza de la madre… el encuentro de sus miradas. Enfermera por la UNAM, la joven Zaira Virginia Vargas Zamora, María por una vez, llora al ver sufrimiento de su hijo. Un carpintero de 33 años, un predicador, un profeta, un rey de otro mundo.

El alma rota, el cuerpo roto… ayuda, ¡necesita ayuda! ¿Quién tomará su lugar bajo el peso del madero, bajo el peso del dolor? ¿Son los enfermos, los presos? ¿El solo, el huérfano? Durante la Pasión de Cristo los “soldados” iztapalapenses pertenecen a la milicia romana y vociferan y empujan y el cuerpo del galileo arde y el rostro tras los golpes ya no es rostro:
desfigurado de los hombres su parecer y su hermosura
(Isaías 52:14).

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Simón de Cirene, un hombre que pasa por casualidad, es obligado a ayudar al nazareno a cargar la cruz. Los cuatro kilómetros rumbo al calvario son recorridos por decenas de niños, adolescentes y adultos, nazarenos que descalzos, en sandalias o tenis llevan cruces de cinco hasta más de100 kilos, en las afueras de una Jerusalén compuesta por barrios capitalinos y rodeados de turistas que comen chicharrón, toman refresco o compran discos piratas envueltos en una atmósfera olor a pan.

La Verónica aparece en escena. El amor la mueve temblorosa, pero limpia la cara del Maestro. El milagro sucede y en el velo blanco, ante los disparos de cámaras y celulares, la mujer muestra el nítido rostro de su Señor.

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Antes de llegar a la cima de la colina donde el “alborotador” será crucificado cae por segunda y tercera vez, como todos, como cada uno, y se levanta, se levanta… Consuela a las mujeres que lloran a su paso. Iztapalapa sí es Jerusalén. Ahí, como Cristo, el pueblo tiene sed.

Jesucristo está apunto de ser crucificado. En las casas aledañas por cinco pesos se puede pasar al baño, tomar un litro de pulque por 20 y en las viniterias encontrar promociones de micheladas por 25.

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Los golpes y los bofetones no cesan, Cristo es despojado de su túnica y con ella se le va eso que la gente llama dignidad. Corona de espinas y el infernal golpeteo uno a uno de los clavos incendian su carne, la carne de un dios hombre, de un hombre que muere por sus convicciones, que ama al ladrón de al lado y de pronto el murmullo de sus voces, entre las
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de los asistentes: Jesús le dice: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso.”

El Mesías ve entre alucinaciones de dolor lo que le han hecho. ¿Quién te ha golpeado, Jesús? ¿Los que se dicen dueños de otros? ¿El delincuente de cuello blanco? Pero si ya no hay esclavitud, ¿por qué sufres hoy, “Rey de los Judíos”? ¿Qué hay del que mata, secuestra, mutila el alma o el cuerpo? Sigues diciendo en tu reino —que no es de este mundo: “perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen”.

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Silencio… un pobre se ha entregado, ha sellado un pacto de amor con sangre.

¿Estará con nosotros hasta el final de los tiempos? Y si Iztapalapa es Jerusalén y si hace casi dos mil años que dio este mandamiento: “ámense los unos a los otros”. Y si yo no amo, si no ayudo, si no doy de comer al hambriento, si no doy de beber al sediento… yo he golpeado a Cristo.