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[Crónica] La tragedia luego del terremoto supera las manos voluntariosas

  • Miércoles 20 de septiembre de 2017
  • en CDMX

“Está muy lejos de aquí. Es como hora y media a San Gregorio. Mejor pidan a alguien que los lleve”, dice una señora que vende elotes en el centro de Xochimilco.

Mi hermano levanta el pulgar. Uno, dos, tres carros a tope de voluntarios y víveres pasan. De repente, una Estaquitas frena y nos deja subir en la defensa.

“Agárrense fuerte porque este güey se vuela los topes”, nos dicen mientras sonríen. Semáforo en rojo. “Que se suban”. Eso hacemos. Avanzan en convoy, son como siete autos que serpentean las difíciles calles de la demarcación.

Llevan marros, palas, víveres y mucha voluntad.

Carlos, a quien un tatuaje en la ceja derecha lo califica como 'el Warrior’, ve hacia atrás. Salió de Ecatepec el mismo día del terremoto y su voluntad por ayudar lo llevó al sur de la Ciudad de México. “Ya conoces muchos lugares”, le dicen en broma sus 'compas’.

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Van tranquilos, a pesar de las horas, el calor y el poco espacio en la camioneta. Comen 'humo’ (cigarro) desde la mañana. Alguien hurga en su mochila: y así, compartimos el pan (cacahuates) y el vino (una coquita que pasó de boca en boca hasta vaciarse).

Subimos, y por las calles vemos caminar a personas con chalecos y cascos. “Ya no hay paso. San Gregorio está colapsado”. No hay forma de seguir. Bajamos las cosas en un centro de acopio a media calle.

Regresamos. Cruzamos La Noria caminando. Las calles se llenan de voluntarios, pero Xochimilco no aguanta tanta ayuda.

Nos enfilamos al Colegio Alemán. Niños, jóvenes y adultos cooperan en todo dentro del gimnasio escolar. Es la desorganización más organizada que he visto.

Alguien grita “cadena”. De inmediato, decenas de manos de personas cansadas se unen en fila. Bajan víveres, abrazan cada producto. Al tiempo, otros voluntarios se arrodillan y clasifican lo que llega: la clave está en marcar el código de barras y poner la leyenda 'donación’, para evitar el lucro.

Hay tranquilidad por un momento… por poco tiempo: “¡Cadena!”, se vuelve a escuchar otra vez… y otra vez… y otra vez. No hay descanso. Quien piense que ir a un centro de acopio no es ayudar, está equivocadísimo.

La tragedia supera las manos voluntariosas. Pero ahí sigue la sociedad haciendo todo lo posible. Llora por sus víctimas, pero las honra con su labor. México ha despertado.