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¿Existió Cristo?

POR FRANCISCO FONSECA N.

(Primera de cuatro partes) El mes de diciembre define una época
de recogimiento y tranquilidad, aunque como está la situación en
el país creo que no habrá ni recogimiento ni tranquilidad. Valgan
entonces los tiempos para tratar temas que siempre interesan por
igual a los creyentes, a los fanáticos e inclusive a los ateos, es
decir, los temas que hablan sobre el origen de las religiones y sus
profetas, en este caso, del cristianismo. Además, es conveniente
mencionar él por qué de la fecha 25 de diciembre como el día del
nacimiento de Jesús.

Los fríos decembrinos nos hacen acercarnos al solsticio de
invierno, en el que el hemisferio norte del globo terráqueo recibe
la mínima cantidad de calor solar. El solsticio de invierno es el
momento del año sideral en el que los días volverán a tener más
horas de luz hasta que el 21 de junio, solsticio de verano, se
revierta una vez más este fenómeno. Es un ciclo.

El solsticio de invierno fue tomado como la fecha del nacimiento
de Jesús por los padres de la iglesia de los primeros siglos,
muchos de ellos llamados padres antenicenos (antes del Concilio de
Nicea del año 325). Simbólica y equivocadamente seleccionaron el
25 de diciembre por ser el día en que, suponían, se iniciaba el
solsticio de invierno y era llamado el día del natalis invicti
solis o natalicio del sol invicto. Es decir, a partir del 21 de
diciembre, la tierra inicia su regreso a la verticalidad y los
días tienen más tiempo de luz solar, es decir, el astro rey se
muestra más, vuelve a nacer. Renace.

Sin embargo, antes de hablar sobre la fecha del nacimiento de
Jesús, me gustaría citar a dos historiadores norteamericanos,
quienes dedicaron más de 40 años de sus vidas a escribir la
historia de la humanidad en grandes bloques, por épocas, por
imperios, por ciclos: Will Durant y su esposa Ariel. Ambos se
sumergieron en los maravillosos laberintos de los sucesos de la
humanidad y nos han legado innumerables pasajes del paso del hombre
por este pequeño planeta llamado Tierra. En los tomos referentes a
la civilización romana, las interrogantes son llamativas e
interesantes. Los Durant nos llevan de la mano por los pasillos de
palacios imperiales en los que habitaban gobernantes y propietarios
de vidas y haciendas, y por las barracas inmundas en que vivían
forajidos y malvivientes, arrinconados allí por una sociedad
injusta y, a todas luces, eterna.

“¿Existió Cristo?” se preguntaban los Durant. “¿No
será la historia de la vida del fundador del cristianismo producto
del infortunio, la imaginación y la esperanza de un hombre, un
mito parecido a las leyendas de Krishna, Osiris, Atis, Adonis,
Dionisio y Mitra?

A principios del siglo 18, el círculo de Bolingbroke, en
Inglaterra, discutió en privado la posibilidad de que Jesús no
hubiese vivido nunca. El filósofo y político francés Volney
formuló la misma duda en sus “Ruinas de los Imperios” en 1791.
Cuando Napoleón se encontró con el erudito alemán Wieland no le
planteó ninguna cuestión menuda de política o de estrategia de
guerra; concretamente le preguntó si creía en la historicidad de
Cristo. La primera batalla de esta guerra de 200 años fue librada
en silencio por Herman Reimarus, profesor de lenguas orientales de
Hamburgo, quien al morir en 1768, dejó cautamente sin publicar, un
manuscrito de un mil 400 páginas sobre la vida de Cristo. Reimarus
sostenía que Jesús no debe ser considerado como el fundador del
cristianismo, sino únicamente como la figura final y dominante de
la escatología mística de los judíos; o sea que Cristo no se
proponía establecer una nueva religión sino preparar a los
hombres para la inminente destrucción del mundo y el juicio final
de todas las almas de Dios”. (continuaré)

pacofonn@yahoo.com.mx