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El arte mexicano del siglo XX llega a París con la fuerza de relato de realismo mágico

  • Viernes 16 de febrero de 2018
  • en Cultura



El arte y la cultura mexicana en el Grand Palais de
París

PARÍS, Francia. (OEM-Informex).- El arte mexicano del siglo XX
ofrece la paradoja de expresar la singularidad y la potencia de un
movimiento profundamente nacionalista y, al mismo tiempo, estar
vinculado a las grandes corrientes internacionales de
vanguardia.

Esa aparente incoherencia es probablemente el rasgo más
interesante de la exposición “México 1900-1950” que abre sus
puertas hoy (miércoles) en el Grand Palais de París y que
permanecerá abierta hasta el 23 de enero próximo.

La muestra fue oficialmente inaugurada anoche por la canciller
mexicana Claudia Ruiz Massieu y la ministra francesa de Cultura
Audrey Azoulay.

“Es una muestra de valor excepcional”, aseguró el curador
mexicano de la muestra, Agustín Arteaga, en diálogo con El Sol de
México durante el vernissage organizado el lunes último. Su valor
proviene precisamente de haber logrado reunir un conjunto tan
importante de piezas en una sola muestra: 202 cuadros, dibujos,
esculturas, grabados, instalaciones, fotos y películas
distribuidas en 14 salas que se despliegan sobre dos plantas del
inmenso Palacio de Hierro y vidrio inaugurado el 12 de noviembre de
1900 para recibir “las grandes manifestaciones artísticas” de
la capital francesa.

Para poder concretar esa hazaña, una decena de museos de
primer nivel mundial aceptaron prestar sus obras, entre ellos el
Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, el Prado de Madrid o el
Museo de Arte Latinoamericano (Malba) de Buenos Aires, así como
varios coleccionistas de Estados Unidos, Inglaterra, España y
Argentina.

No fue casual haber escogido ese suntuoso edificio para relatar
-a través de sus obras más significativas- la fascinante historia
de uno de los movimientos artísticos más importantes del siglo
XX. “El postulado de base de la muestra es permitir al público
acceder a un arte mexicano que va mucho más allá de los Tres
Grandes”, dice Arteaga aludiendo a Diego Rivera, David Alfaro
Siqueiros y José Clemente Orozco. Cada uno de ellos tiene una sala
exclusivamente reservada a sus obras. Para que el público francés
pueda comprender el origen del movimiento artístico que
protagonizaron esos tres hombres, el relato de esa epopeya comienza
en tres salas con la exposición de obras del siglo XIX -que
describen los antecedentes que remontan a 1867-, continúa con
“el arte antes de la revolución” y una tercera parte dedicada
a “los mexicanos en París”.

Ese capítulo del relato tiende un puente entre el lugar donde
se realiza la exposición y la fuerte atracción que ejercía la
Ciudad Luz, que a principios del siglo XX estaba considerada como
la capital mundial del arte.

Agustín Arteaga, que en los últimos años dirigió el Museo
Nacional de Arte de México (MUNAL) hasta que fue nombrado al
frente del Museo de Arte de Dallas (DMA), desmitifica la idea
según la cual los artistas partían a Francia con el único
objetivo de continuar sus estudios. “La mayoría de ellos tenían
una formación académica y su verdadera inspiración era tomar
contacto con los grandes creadores y unirse a los círculos
artísticos de París, Madrid o Roma”, explica el curador. Es
así como Rivera, Ángel Zárraga o Roberto Montenegro se impregnan
de las vanguardias del cubismo y el futurismo. “Eso les permite,
una vez de regreso a México, reencontrarse con su propia
tradición y crear un estilo propio”, precisa.

La sala de la Revolución describe didácticamente para el
público francés la influencia que tuvo esa una guerra civil sobre
los Tres Grandes, que fueron los auténticos padres fundadores del
muralismo. Pero también rescata del olvido a otras corrientes que
habían quedado injustamente postergadas, como el estridentismo,
influenciado por el movimiento futurista europeo, el dadaísmo y el
ultraísmo.

Ese prólogo y los salones siguientes, consagrados a los Tres
Grandes, se completa con un espacio dedicado a “la revolución de
los hombres”, imprescindible para comprender un movimiento
revolucionario que fue esencialmente masculino, pero que permitió
a las mujeres participar del esfuerzo militar y económico, y las
estimuló a irrumpir -sin pedir permiso- en el escenario
artístico. Ese fenómeno, poco conocido en el exterior desde esa
perspectiva, encuentra su reconocimiento en una sala titulada
“las mujeres fuertes”.



Ese festival de colores, lenguajes y mensajes termina explicando el
“encuentro de dos mundos”

“En el dominio artístico las mujeres tuvieron un papel
determinante, calificado a veces de protofeminismo […]
Participaron en la búsqueda de un lenguaje estético capaz de
expresar sus dudas y sus interrogantes”, explica Arteaga. La
mayor exponente de esa corriente es Frida Kahlo, cuyo famoso óleo
“Las dos Fridas” de 1939 domina la exposición y eclipsa -como
en la vida real- a otras mujeres artistas de gran valor de su
época, como las fotógrafas Tina Modotti y Lola Ávarez Bravo o la
asombrosa pintora Nahui Olin.

La muestra también acuerda especial importancia a la influencia
que tuvieron algunos franceses seducidos por la fuerza de ese arte,
como Jean Charlot, Antonin Artaud o André Breton. La mayoría de
esas figuras aparecen en el cierre de la exposición, dedicado al
surrealismo. La influencia de ese movimiento alcanzó su apogeo en
1940 con la Exposición Internacional del Surrealismo presentada en
la Galería de Arte mexicano.

Ese festival de colores, lenguajes y mensajes termina explicando
el “encuentro de dos mundos”, es decir, la hibridación
provocada por el intercambio entre el arte mexicano que surgió de
la Revolución con la fuerza de un volcán y las expresiones que
aparecieron en Estados Unidos cuando el país se hundió en la peor
crisis económica de su historia. “Ese fenómeno se completó
después del estallido de la Segunda Guerra Mundial cuando México
acogió a artistas estadunidenses y europeos, y se convirtió en el
refugio que permitió reunir a pintores, poetas, cineastas y
fotógrafos que huían de su país y convertían a México en el
crisol de numerosos lenguajes estéticos singulares”, sintetizó
el curador.

Ese relato, apasionante como una novela de realismo mágico,
permitirá que los franceses puedan conocer el origen y los
secretos de ese arte mexicano de la primera mitad del siglo XX que
tuvo una influencia crucial en el desarrollo de la modernidad a
nivel internacional.