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El niA�o, feliz niA�oa�� A?quA� niA�o! | Hojas de papel volando

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  • Sábado 28 de abril de 2018
  • en Cultura


Aquel jardín era mi reino, donde podía hacer y decir lo que quisiera.

Allí cree mundos lacrimosos, románticos y bestiales…


Julio Cortázar.

P
or entonces a mí lo que más me gustaba era jugar. Correr de un lado para otro, como si la vida no se estuviera quieta, como yo… y como es. Me gustaba saltar. Brincar las trancas. Subirme a los árboles, descalzo y sin camisa, y cortar mangos verdes y comerlos arriba, con sal y chile piquín.

En mi paraíso de entonces, que es mi pequeña infancia, me gustaba mirar al mundo desde las copas de los árboles y desde su follaje ver la vida quieta del mejor pueblo del mundo, porque eso es: un pueblo es cualquier pueblo de cualquier lugar del mundo; pero si uno lo ve con amor y la vista cargada de cariño entonces ya no es un pueblo cualquiera.

Y así, entre los follajes de los árboles de toronja, de aguacate, de nuez o de zapote, percibir los aromas de la vida y, cierto, nada como la fragancia de la guayaba, la de los nísperos, de los jazmines que serán naranjos y las emanaciones que provenían de la cocina prometiendo suculentos platillos hechos con cariño y mucho sabor. Esos aromas, por cierto, me han perseguido toda la vida, como si la fiera infancia se resistiera a perderse en el tiempo, como si la huella de aquellos días estuviera vigente en los colores, en los sabores, en la luz del sol y en esos aromas: los interminables aromas.

Y por entonces me gustaba escuchar a los pájaros que nunca estaban quietos, como yo mismo y como mis amigos de entonces y ahora. ¿Sabe usted que si una ave silba y uno le contesta, silbando, establecen comunicación con uno? Es como si quisieran decirnos que somos cuates, que somos amigos, que nos miramos y que juntos podemos silbar felices y dispuestos a volar, porque la vida de uno como la de ellos, pende de una rama, pero no importa.

Y luego los amigos. Los de la infancia. Los que se llevan de forma permanente en el recuerdo. Sí, ya sé que el gran amigo es el que crece con uno. Y son muchos. Ahí están y cuando los veo ahora, hombres y mujeres hechos y derechos, no se nos caen de los ojos aquellos días en los que andábamos con el pantalón arremangado, las tiras de guayabas al hombro y mugrosos de tierra en la cara a más no poder.

Luego con el tiempo se van sumando más amigos y amigas o se van restando o multiplicando otros, como las sumas y restas que nos enseñó la maestra Rosita, la que lo mismo nos daba un beso en el copete como un reglazo en la maceta si nos pasábamos de la raya,

“Aquí le entrego a mi hijo, con dolor de corazón, si no le hace los mandados, le daré su coscorrón…”

Todo aquello era por la tarde casi siempre. Porque las mañanas, en el campo, son de responsabilidades para cada uno, o lo que es lo mismo, decía el abuelo: “Aquí el que no trabaja no come”, así que…

Desde muy temprano había que ayudar en la casa “por órdenes superiores”. Cada uno de nosotros, hermanos, teníamos una tarea diaria que cumplir. En mi caso, grrrr, barrer el patio, darle de comer a los pollos y cambiarles el agua, recoger la fruta que se hubiera caído, limpiar la mesa antes del desayuno, pero antes había que asearse, desayunar y salir corriendo porque “¡ya tocaron la campana!”

Los amigos eran igual. Nada nos contenía y sí había mucho en qué competir: el balero, el trompo, las canicas, “¡chiras, pelas y al hoyo!”, las interminables y maravillosas y brillantes agüitas, tréboles, bombonas que eran joyas en mano infante; como también la resortera (¡perdón señora Jovita por todos los cristales que pasaron por las armas!), béisbol callejero, las tiradas a gol. Eso para nosotros los niños, mientras que las niñas andaban con su “Doña Blanca está cubierta con pilares de oro y plata…” o “A la víbora-víbora de la mar, de la mar…” (¡Guácatelas!)

Lo nuestro-lo nuestro, era ir a la escuela, estar en clase con cara de mustio. Aprender “la O por lo redondo”, escribir el famoso dictado diario, cantar las tablas de multiplicar a coro afinado, leer las composiciones que nos había encargado de tarea el maestro Abraham y someternos al escarnio público de los demás que desde sus lugares se burlaban de lo que uno decía mientras que el maestro hacía como si estuviera escuchando a Sócrates y su `Yo sólo sé que no se nada’”

Durante el recreo había orden y concierto. Algo de juego en apenas media hora. Pero eso sí, las tortas de frijoles refritos, las de huevo y ¡qué tal las de nata! de esas que ya no hay, acompañadas del agua de limón que nos ponían en una botellita de jerez, “todo lo que digas será al revés”.

Ah, pero nada mejor en la vida que la hora de la salida. Y en tropel salíamos corriendo como si se estuviera hundiendo el
Titanic
. Y al correr gritábamos. ¿Qué gritábamos? No sé. Pero era asunto de expulsar la energía, felices como éramos. Feliz como fui. No había pena que no supiera solucionar el abuelo. No había pesar que una madre siempre presente no aliviara. Todo estaba seguro. Aunque también es cierto lo que dijera Antoine de Saint Exupéry: “Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones”.

Como quiera que sea, la salida de la escuela era espectacular, era mágica, era el encuentro con la libertad por unos minutos, unos segundos interminables, porque cuando uno es niño el tiempo no pasa, está ahí, estático, como si quisiera ser niño, como nosotros. Así que salíamos a jugar lo que fuera o a pelear si dos se hubieran hecho de palabras y “¡nos vemos a la salida!”. También de eso había, aunque predominaba el recorrido hasta el río en donde nos sumergíamos un buen rato porque en tierra de sol el agua es el bálsamo.

Y llegada a la casa. “¿Por qué hasta ahorita?” –el abuelo-. ‘Es que el maestro nos castigó con una hora más de clase’ –uno-

y él hacía como que nos creía.

Luego a cambiarse de ropa, doblarla bien para mañana, ponerse en carácter con el pantalón de peto, sin camisa; acomodar los útiles y hacer la tarea ¡la maldita tarea! Mientras el abuelo leía el periódico debajo del laurel del patio, haciendo tiempo para la comida y regresar al campo, conmigo. ¡Ese era el gran momento!

Salir tardecillo para ir al campo, cuando el sol ya se va para otro lado. Hacer el recorrido diario, él a su paso fuerte y firme, yo corriendo adelante, regresando, tirando a un lado, tirando a otro, brincando, levantando piedras para lanzarlas al aire en tanto llegamos a lo que da vida, al milagro de la naturaleza que da de comer y da de vivir pero para ello hay que decirle que uno está ahí, acompañando, quitándole lo que le hace daño y poniendo lo que le hace bien. En fin. Eran de esas tardes inolvidables en las que uno se siente seguro porque la vida es segura y porque ningún peligro acecha y porque toda la vida es y será uno un niño.

De todos modos aprendí a leer en el periódico
La Prensa
, “
El periódico que dice lo que otros callan
”. El abuelo tenía la costumbre de leer este periódico que le llegaba cada lunes. Un ejemplar del domingo que duraba toda la semana y que leía
de pe-a-pa
. Y que me leía en voz alta, yo sentado junto a él debajo del mismo enorme laurel que reinaba en el patio de mi casa que si era particular.

Que había guerra en no sé dónde, que el presidente tal –debió ser Adolfo López Mateos—andaba de viaje por tierras lejanísimas que están al otro lado del mundo, que el político tal había inaugurado una escuela que llevaba su nombre… y que en Quintana Roo encontraron a un mono araña. Y me enseñaba las letras. Y me decía que había que aprenderlas para que estudiara mucho y para que cuando fuera grande –tiempo distante—viviera ¿una vida mejor? Pero si yo ya era feliz ahí, en mi paraíso infantil. Pero bueno.

Y así la vida de tan sencilla y en la que por nuestra parte –mis hermanos y yo—nos queríamos y nos queremos horrores, enormidades. Una vida de niño que no la cambio por nada porque es una vida que nunca se repite en los hechos, aunque viva en el recuerdo. Así que en el momento en el que comenzamos a preocuparnos por el futuro es cuando comenzamos a dejar atrás la niñez.

Luego vinieron otras cosas, otras voces y otros ámbitos. Y luego me di cuenta de qué importancia tan grande tiene la infancia en la vida de uno que muchos le han dedicado sus mejores páginas en homenaje a eso que ya no se es, pero que se sigue siendo, a pesar de todo, y de la herrumbre y de los dolores y alegrías, todo sumado y multiplicado, como nos marcaba la maestra inolvidable: Rosita.

De pronto al paso del tiempo me encuentro con que un niño recuerda su vida a partir de un hecho insólito: el aroma del té y una magdalena remojada en él. Ese aroma trajo una de las más hermosas obras literarias hechas por alguien, por Marcel Proust que se dio a la tarea de ir
En busca del tiempo perdido
”.

¿Y qué tal
El Principito
de Saint Exupéry? “
Los niños han de tener mucha tolerancia con los adultos
”, dice ahí. Y
Platero y yo
en el que Juan Ramón Jiménez nos lleva de la mano a su propia infancia “
Tú, si te mueres antes que yo, no irás, Platero mío, en el carrillo del pregonero, a la marisma inmensa, ni al barranco del camino de los montes, como los otros pobres burros, como los caballos y los perros que no tienen quien los quiera
”.

Y qué tal los
Cuentos de Grimm
, o los relatos maravillosos que de tanto son infantiles pero luego ciertos. Y más,
Corazón, diario de un niño
fue por mucho tiempo lectura obligada para los niños de la era pre-tableta, o bien nuestro muy nacional picaresco
Periquillo Sarniento
José Joaquín Fernández de Lizardi, que desde 1816 nos acompaña en sus travesuras o ese niño con cara insospechada como es
Otras voces, otros ámbitos”
de Truman Capote o el
Johnny y la boda
de Carson McCullers o Carlitos en
Las Batallas en el desierto
de nuestro gran José Emilio Pacheco: “
Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo
…”

Tantas y tantas obras más que refieren la niñez y la inocencia del escritor.

La herrumbre se nos va adhiriendo pero es sólo una máscara que cubre a ese niño que –dice el lugar común- siempre hemos sido y seguiremos siendo porque, a pesar de todo, nuestra infancia nos acompaña por todos lados siempre.

Se abre paso en nuestros gestos, en nuestros caprichos, en nuestras ganas de comer esto o aquello, en nuestras preguntas ingenuas, en nuestra carcajada estruendosa y sin miedo, en nuestras travesuras de hoy, en el caminar a brincos, en el gusto por los dulces de entonces, en las comidas de familia que comienzan con “¿Te acuerdas de cuando…?”

Hoy ya no están los niños de entonces. Hay otros niños asimismo alegres y llenos de mundo. Cordiales. Los mismos que un día, dentro de algún tiempo que dura lo que el chasquido de un beso, se acordarán de estos años en los que su vida era esta y ninguna otra. De otro modo, lo mismo.

Mientras, mi infancia aun recorre las calles oaxaqueñas de mi infancia. Ahí está el del pantalón arremangado, descalzo, sin camisa, y corriendo, gritando, saltando, subiendo y bajando de los árboles y, deteniéndose un poco para mirarme a lo lejos y decirme que todavía me está esperando.

¡Feliz día del

Niño!

jhsantiago@prodigy.net.mx