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Filipinas, una vida entre los muertos

  • Domingo 9 de septiembre de 2018
  • en Cultura

Mercy Silva, de 43 años, vive aún con su madre, pero en Filipinas esto no es nada fuera de lo común. En el país de mayoría católica se sigue dando un especial valor a la familia. Hasta ahí todo bien, pero el problema es que la madre, Mercedes Z. Carreon, lleva más de ocho años muerta.

Mercy comparte con su madre la cripta en el Cementerio del Norte de Manila, la capital del país. El colchón en el que duerme por las noches sólo está separado por una fina losa de mármol del ataúd.

”Una se acostumbra”, dice. Además en la cripta que pertenece a la familia desde hace más de seis décadas tienen su hogar otras dos decenas de personas, vivas y muertas.

Esta situación se da a menudo en el Cementerio del Norte. Además de un millón de muertos, entre ellos varios presidentes, más de 5 mil personas han encontrado aquí un lugar en el que vivir.

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Manila sufre una carencia crónica de alojamiento y de sus 13 millones de habitantes muchos viven en infraviviendas, bajo puentes y en las calles. Los que están en el cementerio están considerados como los más pobres.

Una vida normal

Pero esto no significa que no sea posible llevar una vida normal de esta forma: sobre uno de los sepulcros una mujer cocina pollo y al lado cuelga la ropa limpia. Cerca de un panteón, un anciano vende champú en polvo y fideos instantáneos. Sobre una placa de piedra un joven se está echando una siesta y en todas partes se escuchan las series de la televisión filipina. Los habitantes obtienen la electricidad de generadores, pero no tienen agua corriente.

En la oscuridad de otra cripta se encuentra el cibercafé del cementerio, donde Baldo Aguinaldo juega a League of Legends en una computadora. El objetivo del videojuego encaja con el ambiente: matar a tantos oponentes como sea posible. Una media hora cuesta 5 pesos, no llega a 10 centavos de dólar. El joven de 18 años lleva toda su vida aquí y trabaja como sepulturero. “Me gusta estar aquí”, dice. ”Tenemos una buena comunidad”.

Muchos opinan lo mismo. “En nuestro cementerio estamos mejor que en los barrios bajos. Y también es más seguro”, comenta Rachel Hilario, una amable mujer de 32 años con mechas rubias y un gran reloj de plástico en el brazo. Ella vive aquí desde hace dos años con su novio. “Al principio tenía miedo, siempre me despertaba por la noche. Pero tras un año uno se acostumbra”.

Los dos pidieron permiso a una familia más rica para poder dormir en su cripta. A cambio cuidan de él. Sobre el bloque de mármol con los dos ataúdes con los nombres de los fallecidos y la inscripción “R.I.P” (descanse en paz) está ahora el colchón de la pareja con una sábana de Hello Kitty. Las almohadas, el reloj y el ventilador también son de la gatita japonesa. Además han pintado las paredes de rosa.

Cuando viene alguien a visitar la tumba, al menos retiran el colchón, comentan.

Rachel y su novio se ganan la vida pintando unas coloridas losas para las tumbas por apenas 28 dólares la pieza. En los días buenos consiguen crear media docena ya que el cementerio de 1904 sigue en funcionamiento.

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Los días hábiles se entierran aquí unas 20 personas de media, los sábados 60 y los domingos 100. Cuando viene un nuevo funeral, los que viven aquí se hacen a un lado respetuosamente.

Muertos entre los muertos

Pero esto no significa que el Cementerio del Norte sea un lugar idílico. Aquí también hay criminalidad y algunos pierden la vida como consecuencia. En los últimos meses al menos 10 presuntos delincuentes relacionados con la droga han sido abatidos por la policía en redadas que forman parte de la brutal guerra contra la droga del presidente, Rodrigo Duterte. Supuestamente vendían “shabu”, como llaman en Filipinas a la metanfetamina.

Las autoridades intentan continuamente expulsar a las personas del cementerio, pero hasta ahora nunca se ha conseguido. Varias familias volvieron desde sus nuevos alojamientos.

”A veces es humillante ver cómo reacciona la gente cuando le cuento que vivo en el cementerio. Pero al menos aquí no debo pagar un alquiler”, señala Rachel.


Para Mercy Silva, que duerme todos los días junto a su madre fallecida, no hay ningún otro lugar en el que prefiriera estar. “Este es mi hogar. Aquí conozco a todos. Mi abuela nació aquí y mi madre y yo también”. Después Mercy hace una pequeña pausa. Su madre, que no llegó a envejecer, ya que murió a los 57 años, la mira desde una foto colocada sobre la tumba. “Y cuando yo muera, seré enterrada aquí. Y eso también es algo bueno”.