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La grandeza oaxaqueña | Hojas de papel volando

  • Sábado 19 de mayo de 2018
  • en Cultura

“… no me llores no, no me llores no, porque si lloras yo peno,

en cambio si tú me cantas, yo siempre vivo, y nunca muero…”

Andrés Henestrosa

Navegar por el pasado es viajar hacia uno mismo, es una introspección a veces individual, otras acompañado, en complicidad con la gente más querida o acaso con los mejores amigos, aquellos que todo lo ven y todo lo perdonan, aunque nos regañen o nos aplaudan, eso es bueno.

Pero también ocurre que la introspección puede ser social-colectiva. Esa es una forma de encontrarnos como pueblo-país-estado-nación-cultura-identidad, y tratar de entender qué fue lo que pasó, qué ocurrió, qué pudo haberse corregido, qué se puede corregir; qué se hizo bien, para repetirlo una y mil veces como lección de vida.

El pasado nos enseña cómo una mínima decisión, un error, un acierto o un engaño cambiaron el curso hacia lo que somos. Pero ya se sabe, el pasado es un hecho consumado y no se puede cambiar, sin embargo…

“…La historia nos cuenta o intenta contarnos lo que sucedió, pero también nos advierte, por la minuciosidad con que revela los encadenamientos de los hechos, que lo sucedido no era inevitable, y que la variación de cualquier circunstancia podría haber provocado una cadena de acontecimientos por completo distinta.” (Antonio Muñoz Molina)

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Así que al recordar el pasado nos ponemos frente a un espejo, a veces de discordias, mentiras, traiciones y también, claro que sí, de proezas y de orgullos acaso olvidados.

Así que los hombres, uno por uno, o todos, dejamos huellas al paso de la vida y del tiempo. Y es razonable que el ser humano quiera resguardar su pasado con testimonios físicos de su paso por aquí, a lo mejor simple y sencillamente para que no se olviden de nosotros.

Nezahualcóyotl lo cantó así: “Estoy embriagado, lloro, me aflijo, pienso, digo, en mi interior lo encuentro: si yo nunca muriera, si nunca desapareciera. Allá donde no hay muerte, allá donde ella es conquistada, que allá vaya yo. Si yo nunca muriera, si yo nunca desapareciera.”

Los mexicas, última tribu chichimeca que llegó a este Alto Valle Metafísico, que es México capital, sentía envidia de los logros de las tribus que antes llegaron aquí, y para evitar que en el futuro no se reconocieran sus hazañas y sí la de sus adversarios, mandaron a destruir los archivos históricos de las culturas adyacentes:

“Así que vencida la gente de Xochimilco, Cuitláhuac y Chalco, antes de iniciar nuevas conquistas, Tlacaelel decidió consolidar por medio de una reforma ideológica el poderío azteca. Ante todo le pareció necesario forjar lo que hoy llamaríamos una ‘conciencia histórica‘, de la que pudieran estar orgullosos los aztecas.



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“Para esto, reunió Tlacaelel a los señores mexicas. De común acuerdo se determinó entonces quemar los antiguos códices y libros de pinturas de los vencidos y aun los propios de los mexicas. Implícitamente se estaba concibiendo la historia como un instrumento de dominación:

“Se guardaba su historia.

Pero, entonces fue quemada:

cuando reinó Itzcóatl, en México.

Se tomó una resolución,

los señores mexicas dijeron:

no conviene que la gente

conozca las pinturas. [los códices]

Los que están sujetos, [el pueblo]

se echarán a perder

y andará torcida la tierra,

porque allí se guarda mucha mentira,

y muchos en ellas han sido tenidos por dioses.”

(Informantes de Sahagún)

Ahí la importancia de los archivos históricos para resguardar el pasado de nuestros pueblos y nuestra gente; es la preservación de la gloria y trascendencia: todo en un espacio y en un tiempo.

LAS HUELLAS DE OAXACA

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Todo esto viene a cuento porque hace poco menos de dos años se inauguró el Archivo Histórico del estado de Oaxaca.

Es una construcción de enormes dimensiones y cuya arquitectura se incrusta en el entorno del valle oaxaqueño y, al mismo tiempo, otorga la visión monumental de lo que ahí se resguarda.

Es un edificio de color ocre que a la vista, al mismo tiempo da la impresión de seguir la imagen de las viejas naves industriales con sus registros de luz exterior en forma de sierra, como también, al recorrerlo en su interior, se tiene la sensación de ser un espacio conventual, iluminado y silencioso.

Quizá rememorando que los primeros archivos históricos siempre fueron guardados en templos: En Atenas se guardaban en el templo de Cibeles; los persas de igual manera los resguardaban en templos como un monumento a su pasado; los romanos guardaban sus tabletas de madera en recintos divinos. Así, los documentos eran consagrados como historia pero también como arte y con profundo sentido religioso.



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En ese ambiente entre moderno y conventual comienza a resguardarse gran parte de la historia testimonial de Oaxaca y de los oaxaqueños, desde el siglo XVI hasta 1980.

Y el lugar en el que se encuentra ubicado el Archivo Histórico del estado de Oaxaca no puede ser más simbólico: se asienta en una área de 11 mil 815.2 metros cuadrados en La Ciudad de las Canteras, que está en la agencia Municipal de Santa María Ixcotel, en el municipio de Santa Lucía del Camino, en los valles centrales de Oaxaca, a unos cuantos kilómetros de la capital del estado.

Para la elaboración del proyecto se contrató al arquitecto español Ignacio Mendaro Corsini

quien hizo los planos iniciales y quien luego habría de encargarse de la obra que, al momento, ha recibido premios internacionales.

Estos premios, sin duda, pertenecen también a los oaxaqueños que resguardan ahí su pasado histórico, su paso a paso a lo largo de los siglos, así como también su aportación económica, porque fue con el trabajo de ellos que se construyó esta obra: con recursos del estado de Oaxaca, recursos de la Federación y con apoyo de fundaciones particulares.

De tal forma hay ahí un equipo de más de cien trabajadores que día a día se enfrentan al documento, a los legajos que contienen letra escrita, antigua o nueva. Son en su mayoría muchachos con mucho entusiasmo que saben lo que tienen en las manos y lo tratan con respeto, con cuidado y sí, mucho cariño, porque muchos son oaxaqueños y saben que sus ancestros están ahí, comunicándose con ellos.

Pero la gesta no ha sido fácil. Hasta hace unos cuantos años estos archivos documentales estaban perdidos en bodegas inapropiadas para resguardar los documentos; en oficinas de la administración pública de Oaxaca en la que los papeles se enfrentaban lo mismo hongos como a termitas:

“Era una tristeza encontrar pilas de papeles amontonados y revueltos que guardan testimonios de la historia de una entidad tan rica e importante como Oaxaca. Por citar un ejemplo, tres oaxaqueños fueron figuras claves para transformar al país en el México moderno: Benito Juárez, Porfirio Díaz y José Vasconcelos [como también los hermanos Flores Magón].

“Los dos primeros fueron gobernadores de Oaxaca y posteriormente presidentes de México, y Vasconcelos dirigió y creó las instituciones educativas más importantes que dejaron una huella profunda en la vida cultural mexicana. Por eso es relevante que al rescatar este archivo también

se contribuye a salvar la memoria del país”, dicen ahí.

Los documentos que se resguardan ahí ahora provienen principalmente del Poder Ejecutivo de Oaxaca y datan de 1574 a 1950; los fechados de 1951 a 1980 están en el edificio que el mismo archivo tiene en la calle Santos Degollado en donde se están revisando para su clasificación y estado de preservación. De 1980 en adelante los tienen las oficinas correspondientes.

Los fondos que existen por ahora se dividen en: Gobierno, Hacienda, Registro Civil, Justicia y Milicia. De ahí, dependiendo de la naturaleza del documento, se dividen en subseries.



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Por supuesto, como todo archivo que se respete, cuenta con documentos de extremado cuidado y para preservación histórica, monumental y artística. Y a diferencia de otros archivos, aquí se tiene un espacio central que es de alguna manera su “caja fuerte”, pero que visto de otra manera es una especie de fortaleza a la cual sólo se llega por dos accesos y se ingresa mediante claves secretas para quienes pasen al recinto sagrado.

Hay testimonios históricos, como documentos que muestran la cercanía entre Benito Juárez y Porfirio Díaz en el Instituto de Ciencias de Oaxaca siendo ellos compañeros de estudios; peticiones de campesinos a gobierno: “… Y venimos a contradecir…”; actas de nacimiento de nuestros prohombres, mapas y

mucho más: es un archivo cuya riqueza radica en el día a día de los oaxaqueños entonces, sus formas de vida, sus inquietudes, sus necesidades, sus reclamos, su vida cultural, social, política, militar y religiosa.

Dentro del recinto hay diferentes áreas como la de consulta, la de clasificación-preservación, la de cuidado científico de los documentos mediante procedimientos apropiados y materiales especializados provenientes del extranjero como en algunos casos de México o del mismo Oaxaca.

Quienes trabajan ahí provienen de distintas disciplinas, hay abogados o administradores y una cauda de muchachos y muchachas en nivel de licenciatura que lo mismo aprenden en el camino a manejarse con la historia documental, como también mediante cursos frecuentes de archivo, paleografía, cuidado científico de los documentos, digitalización.

A todos estos trabajadores de la historia les paga el gobierno del estado, es decir, con recursos

públicos. Hay muchos otros archivos históricos en distintos municipios de la entidad. Cada uno está en la misma tarea: guardar y hacer guardar la historia y la memoria oaxaqueñas.



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El Archivo Histórico del estado de Oaxaca es dirigido por un experto en cultura y medios de comunicación, Emilio de Leo Blanco, quien se ha desempeñado como subsecretario y secretario de Cultura estatal así como directivo en

CorTV Corporación de Radio Televisión del estado de Oaxaca.

Así que ahí está el Archivo Histórico del estado de Oaxaca. Un recinto que habrá de preservar la memoria y gloria de los oaxaqueños, entonces y ahora.

Y, por lo mismo, porque está ahí su vida, su historia, su cultura, su herencia y su trabajo y esfuerzos de hoy, puestos en cada uno de los tabiques y ventanas y pasillos y jardines y gavetas en esta inmensidad, todo esto le pertenece a los oaxaqueños, a cada uno, a los que hoy están y a los que habrán de llegar, por siglos, para que lo sepan cuántos: todo ahí está cifrado.

jhsantiago@prodigy.net.mx