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El cielo maya entre tortugas memoriosas | Relámpagos en fuga

La derrota de la noche se dio cuando trémulas lámparas, primero de aceite, luego eléctricas, comenzaron a iluminar las ciudades hasta convertirse en una nueva realidad que ha ocultado los mapas del cielo a ojos humanos.

Cierto, las sombras no han sido derrotadas del todo con todas esas luminarias que prolongan las actividades humanas pero es tanta la luz que irradian los centros urbanos que existen generaciones enteras que no saben lo que es vivir sin esa radiación lumínica.

A oscuras, tan sólo con el guiño de los astros como única compañía.

El sábado 17 de junio de 2017 llovía en varios puntos de Quintana Roo más no en la Isla de las golondrinas porque allí los dioses del cielo maya fueron benevolentes y retiraron las nubes para que los visitantes al Planetario Cha'an Ka'an pudieran ver la alineación de dos colosos: Júpiter y Saturno
.

Entre ambos planetas hay una línea estelar que los mayas identificaron y le dieron importancia simbólica porque la consideraron una ceiba coronada por una guacamaya y cruzada por una serpiente. Esa cauda luminosa era el árbol de la vida.

Las observaciones astronómicas de los mayas se usaron para edificar varias de sus ciudades: Chichén Itzá, Tulum y, aquí, en Cozumel, los templos dedicados a la diosa Ixchel en San Gervasio, tienen varias alineaciones lunares que ocurren cada 18 años.

“No hay ninguna otra civilización en la historia humana que haya rendido tanto culto y estudio al tiempo estelar, ese que les permitió tener tal precisión que sólo fue alcanzada hace contados años con los relojes atómicos”, explicaron los astrónomos de
Cha'an Ka'an
.

Gracias a ellos, una treintena de afortunados pudo saber que Júpiter es el planeta que brilla más a lo largo del año y que ha sido un escudo para la Tierra porque en él han colisionado grandes meteoritos. Y que con él todo es superlativo porque tiene el océano más grande, la luna más grande. ¡Es un planetota mil 317 veces más grande que la Tierra! Y además, menuda influencia, es también el más antiguo.

En cambio, a Galileo Galilei se debe el hallazgo de Saturno en 1610 con un telescopio chiquitito. Y aunque son famosos sus anillos de residuos cósmicos, los científicos se interesan más por sus 62 lunas y su atmósfera de hidrógeno.

Si bien a los astrónomos del planetario no les agrada la contaminación lumínica que hay en Cozumel, como buenos profesionales, coronaron la noche con el avistamiento de Albireo que, a simple vista parece una estrella simple, pero ya con el telescopio principal se podían apreciar dos estrellas: una amarilla y otra azul, por lo cual los planetas que están en aquel rincón del cielo tienen dos amaneceres cada día.

¿Por qué refunfuñan tanto los astrónomos con esa luminiscencia que tildan de “fea”? Porque las luminarias citadinas alteran los biorritmos de varias especies, razón por la cual, en la costa oriental de la isla no hay luces para que las tortugas puedan desovar sin que las desoriente la luz eléctrica que no para de expandirse en Cozumel y en tantos lados más.

Necesaria pausa con ojos cerrados. Imaginad lo que eran las costas de Quintana Roo para las prehistóricas tortugas que, durante miles de años, se acercaron a estos litorales para dejar a sus crías y que ahora, desorientadas, por tanta luz, buscan zonas de sombra para desovar sus huevos y mantener con esa terquedad que tiene la naturaleza un ciclo de vida que requiere del auxilio de la noche estrellada para ocurrir.

Quizás el próximo 31 de marzo los biliosos astrónomos de Cha'an Ka'an estén de buenas porque esa noche, si las condiciones climáticas lo permiten, si no hay lluvia sobre todo, podrá apreciarse una soberbia Luna Azul que es como se le llama a la segunda luna llena que se da en un mes tras 29 días de diferencia y se le llama así en recuerdo a las noches de 1883 cuando varias lunas tuvieron esa tonalidad porque el volcán Krakatoa explotó y arrojó cenizas a la atmósfera que bloqueaban la luz del sol y los haces de luz blanca de la Luna, a través de las nubes, emergían de color azul y, algunas veces, de color verde.

En aquellas noches, como otras más antiguas, no había contaminación lumínica, sólo la indiferente marcha de los astros en un cielo maya, cartaginés, polinesio, en perfecta armonía con una tortuga cargada de crías a la busca de la playa donde había nacido su tatarabuela.



Editor y periodista cultural independiente

yambacaribe@gmail.com