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Hojas de papel volando | Metro de la CdMx: un día, un viajero

  • Sábado 24 de marzo de 2018
  • en Cultura

Qué pecado tan grande habremos cometido los millones de militantes del pelotón capitalino que a diario salimos a trabajar, a lidiar con toros bravos, comer, soñar, quedarnos callados o gritar, y volvernos de regreso para “dormir-dormir-que canten los gallos de san Agustín…”

Y al día siguiente seguir la vida que se repetirá cada mañana y mañana y mañana. Como si el dolor diario no fuera suficiente. Todo a ritmo de un Metro que nos odia, nos lleva y nos trae entre pesares y quebrantos.

Porque viajar en el Metro de CdMx no es cualquier cosa. No es moco de pavo. Se requiere un poco de gracia… y otra cosita. Primero, ser una roca que ve pasar segundos-minutos interminables antes de que aparezca la limusina anaranjada de 72 puertas y entonces ¡la guerra! ¡caiga quien caiga! ¡le pese a quien le pese! Ganar un lugar para ir sentado es la consigna porque ir de pie es la peor condena que un culpable de vivir en Ciudad de México puede recibir.

Para viajar en Metro se requiere, digamos, una cierta personalidad, la del “con permisito-con permisito… ¡hágase para allá!… con permisito, con permisito… ¡pum!: codazo… pisotón o empujón cavernícola”

Y se requieren cuidados intensivos de uno con los otros, apretar el cuerpo entre la multitud de aromas-colores-sudores; apretar la mochila, tocarse el corazón para saber si sigue latiendo entre miradas que ven todo pero que no lo ven a uno y que uno evade porque da pánico soñarlas. Todo, por supuesto, “al compás del chacachá, del chacachá del tren…”

Ahí, debajo de las calles de Ciudad de México, como en secreto, hay un poco más de 4.5 millones de seres humanos que cada día “luchan, sangran perviven” para llegar a la meta, no sin antes pasar la prueba de la tardanza inhumana del Metro, en los andenes, y luego…

Entre la multitud, el vendedor furtivo que a todo volumen nos trae la pomada “de mariguana” para los dolores del cuerpo, los audífonos que escuchan hasta el infinito y más allá o los éxitos más recientes o del recuerdo: a todo volumen: “
When I was a little bitty baby, my mama would rock me in the cradle, In them old cotton fields back home
…” (
What
?… ‘¡para que no le vean la cara de
What
?’)

Así que cada día los capitalinos despiertan con terror-pánico por saber si hoy sí funcionará sin contratiempos el famoso Sistema de Transporte Colectivo Metro, ese que se inauguró el 4 de septiembre de 1969, casi un año después de la tragedia de Tlatelolco y de nuestro
México por la pa
z que fue emblema de aquellos Juegos Olímpicos que se inauguraron en octubre de 1968 entre rechiflas y caracolitos para el presidente que “asumiría la responsabilidad” de lo ocurrido el 2 de octubre de aquel año: Gustavo Díaz Ordaz.

Ha pasado casi medio siglo desde entonces, cuando los habitantes de aquel DF se creyeron Primer Mundo con un Metro anaranjadito y bonito y que al llegar o salir en cada estación saludaba con un “Tu-ru-rú” dulce y alegre. Y nosotros plácidamente y de manera cortés, le decíamos al viajero adjunto: “pase usted… no, primero usted… no, por favor.”

Hoy ya son 12 líneas del Metro. Transporta cada día a esos 4.5 millones de mexicanos al grito de “¡cuidado con la cartera!”. Y para trasladar a los distintos puntos de destino del exDistrito Federal y zona metropolitana, tiene un parque vehicular de 390 trenes ya de rodadura neumática o férrea, que son vitrinas mugrosas y ‘aromáticas’ en donde se resguarda nuestro presente cotidiano y nuestra amargura solitaria.

Quienes manejan al Metro de la capital del país ignoran la cantidad de tristezas, soledades, alegrías interminables, esperanzas y silencios profundos que trasladan por millones cada día, cada semana, cada mes y año: todo ahí en la historia de lo que somos, y lo que queremos ser alguna vez en la vida.

Fue ahí, en donde vi llorar amargamente a una jovencita que no podía contenerse, tan grande su dolor. Y fue ahí en donde una mano de mujer madura acaricio su cabeza y le obsequió un pañuelo desechable para que guardara ahí su tragedia íntima.



SÍ, PERO NO

Resulta que el Metro que cuesta 5 pesotes por transporte único, tiene muchos problemas. Uno de ellos, que es el más a la vista, al portador, es el de las fallas mecánicas frecuentes, los retrasos que van más allá de lo razonable, la descompostura de vagones, el hacinamiento de pasajeros hasta lo criminal; el desorden en su cronometría, los toqueteos de ellos a ellas y de ellas a ellos: es doble vía, no nos hagamos rosquillas:

—“¿Y por qué no denunció a tiempo!”

—“Es que pensé que iba con buenas intenciones.”

Los abusos, de pasajeros con mochila a la espalda que ocupan dos lugares y que se ponen en tono semáforo en alto si alguien les dice: “hazte para allá”; y más reciente el robo frecuente, con tarjeta que acumula puntos entre la delincuencia; el crimen de pasajeros en estaciones “rojas”; los suicidios terribles y dolorosos de hombres y mujeres que perdieron la batalla, y los jaloneos entre pasajeros indignados y nerviosos en momentos de alta concentración “emotiva”.

Dicen que los vagones “sólo para mujeres” es lo peor de lo peor… y así la maldición de Tezcatlipoca se consuma ahí, en el Metro que se sumerge en la tierra para ocultar su vergüenza de ser y no ser.

No ser ese dechado de virtudes que dice el gobierno capitalino del señor Miguel Ángel Mancera, quien no hace mucho decía que lo que más le importa en la vida es la reconstrucción de la Ciudad de México luego de los sismos de septiembre de 2017, aunque apenas le truenan los dedos para una candidatura con fuero a futuro, se olvida de sus preocupaciones esenciales para pensar en su futuro promisorio-personal e intransferible: el de ser un gran Senador de la República.

Porque no hay peor diagnóstico de las enfermedades y necesidades que aquejan al Metro. Hace unos meses, Jorge Gaviño Ambriz, quien fue director general del Sistema de Transporte Colectivo desde el 16 de julio de 2015 hasta su renuncia el 2 de marzo de 2018, para seguir su viaje político pues quiere ser diputado, con fuero.

Este señor dijo que: “Del total del presupuesto anual del STC de 16 mil millones de pesos, la Línea 12 – ¡la fatal e inolvidable e interminable Línea 12!—necesitaba el 10%”.

Pero, además, con toda la frialdad lúgubre de quien se acaricia las manos y sonríe de forma malévola, dijo el año pasado que: “Se pagarán en 17 años 30 mil millones de pesos por la renta de los 30 trenes que funcionan en esa ruta (la 12). Se trata –dijo- de un contrato de pago de prestación de servicios que se firmó con la empresa CAF en dólares y esa cantidad es la que se requiere para atender el rezago de la red completa”.

Y dijo más. Que si se tienen que arreglar vagones, estaciones, servicios, instalaciones, se requieren algo así como 200 millones de pesos; que con la lana que se obtiene por el aumento del precio del boleto de 3 a cinco pesos -9 mil 327.3 millones de pesos- pues que no, que no alcanza ni para una torta de queso de puerco y mucho menos para la Lulú roja.

¿Es este el cielo que se nos tienen prometido? ¿Es este el mundo feliz que nos dijo el señor Miguel Ángel Mancera –cuando quería ser jefe de Gobierno capitalino y no se le atravesaba por la maceta querer ser prócer senecto–, quien juró y perjuró un sistema de transporte público eficiente a más no poder para hacer la felicidad de los mexicanos que están en la capital del país?

¿Es este el sueño de todos los mexicanos en transporte público? ¿Este es el transporte público que habrá de conducirnos por el mundo de Oz? ¿El que habrá de salvarnos de la angustia del vehículo detenido por horas en algún embotellamiento en cualquier calle de la ciudad de México?

¿Es este el transporte público que hace falta aquí para llevarnos y traernos en una ciudad de inquietud interminable y por el que pagamos tanto por el precio de transporte como mediante cargas impositivas de todos aquí? ¿Hasta cuándo?

Ese es “el infierno de todos tan temido”; el que está ahí y que nos recibe con sus fauces abiertas cada día…

Como aquel día, como ese día jueves 22 de marzo cuando la famosa limusina anaranjada estuvo estacionada de forma interminable en la estación CU, hacia Indios Verdes, la que transporta a estudiantes universitarios que llevan sus libros en el brazo, que leen, ríen, bromean, juegan, porque son jóvenes estudiantes que serán el México de entonces y que, por lo mismo merecen el paraíso.

Pero que como ocurre muchas veces, los vagones se detenían a cada suspiro de los pasajeros, sin importar su angustia e indignación, en tanto que Freud, Marx, Jung, Kapuściński platicaban entre ellos en libros que, imposible abrirlos, y quedaban guardados para mejor momento.

Y multitudes que se acumulaban en las estaciones y que piden auxilio y multitudes que gritan y se arrojan y se miran azorados porque aquel cielo que se nos tenía prometido no es ese, ni es esta la vida por la que pagamos-trabajamos-nos entregamos al mundo, la que merecemos.

Y… pues eso: “Al compás del chacachá, del chacachá del tren, qué gusto da viajar, cuando se va en express…” Tururú…

jhsantiago@prodigy.net.mx