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Rusia, la gran Rusia | Hojas de papel volando

  • Sábado 9 de junio de 2018
  • en Cultura

Ahí se ve la estepa rusa; ahí se ven las dachas como si fueran una postal y desde cuyas chimeneas emana el humo vital; a un lado los bosques de abedules inmensos y los largos caminos a través de los campos roturados que llevan de una aldea a otra en medio de la siembra de trigo, centeno o cebada.

Rusia hoy es una modernidad, con contrastes. Y una potencia económica y militar. Y en donde Vladimir Putin, apenas en marzo pasado, fue reelecto por cuarta ocasión con más del 70% de los votos para otro periodo de seis años presidenciales, ni más, ni menos.

Rusia es un país de historia muy lejana. Y ha vivido intensidades propias de una nación que se construyó en base al gran poder de líderes regionales y luego concentrados en una Nación de muchas naciones, bajo el gran poder zarista que concluyó durante la Revolución Rusa de 1917 para dar paso a un régimen comunista, para bien o para mal.

Esto cambió luego, con al impulso de
Gorby
, el presidente soviético que hizo un llamado a aflojar el control burocrático sobre la economía y la sociedad en general y cuyo gobierno defendió la necesidad de una mayor "democracia".

Estos intentos de reformar el sistema stalinista eran vistos como necesarios para flexibilizar la economía. Así que este proceso tuvo lugar bajo la bandera de la
perestroika
(reestructuración), que introdujo un mercado libre limitado y la descentralización de la economía nacional, y de la
glásnost
(apertura o transparencia), que impulsó un reajuste en la vida política y cultural de URSS. Todo durante el gobierno de Mijaíl Gorbachov, de 1988 a 1991.

Hay quienes dicen que los rusos se parecen a los mexicanos. Esto es cierto en parte, o mejor dicho, de una sola manera: la intensidad con la que se vive la vida, la emoción con la que se vive, la pasión que se deposita en lo que se hace y cómo se entiende el ser y la trascendencia, en eso, cierto, nos parecemos, de ahí
Нет, только тот, кто знал
(“
Nada como el corazón solitario
”).

Pero estas intensidades rusas tienen una escrituración y está en el arte, en las artes.

Una de ellas es la pintura rusa de siempre y sus representantes más connotados: Andrei Rubliov, Dmitri Levitski, Karl Briulov, Iván Aivazovski, Alekséi Savrásov, Vasili Perov, Antonina Rzhevskaya (1861 – 1934) y Valentín Serov entre muchos más.

Y ni qué decir de sus compositores musicales. Ahí están los cinco grandes nacionalistas: Mili Balákirev, César Cui, Nikolái Rimski-Kórsakov, Mijáil Glinka y Modest Mussorsky que veían como enemigo a otro grande de la época de construcción cultural rusa: el gran Piotr Ilich Tchaikowsky, al que acusaban de europeizante y antiruso. Nada que ver. Hoy mismo la representatividad musical del Mundial de Futbol es la reproducción del músico más atormentado del siglo XIX en Rusia.

Pero junto a todo esto van los grandes escritores que –eso- escrituraron las intensidades más emotivas, contradictorias, críticas, apasionadas y terriblemente realistas que dan forma al espíritu ruso: sus escritores que expusieron gran parte del alma humana universal, desde ahí, desde las estepas, desde los largos caminos, desde la soledad de sus bosques y bajo un cielo que es entre azul y gris, pero que refleja la enormidad de un país en donde convive el entonces y el ahora, como uno sólo.

¿Qué otro país con estas particularidades podría haber dado vida a uno de los grandes escritores rusos y del mundo como es Fiódor Mijáilovich Dostoyevski? (1821-1881). Su atormentada vida que sólo en aquellas emotivas locuras pudo llevarlo de la construcción de sí mismo como ingeniero, a pasar a condenado a muerte en 1849 y luego al conmutarse esa pena para llevarlo a las heladas tierras de Omsk, en Siberia.

“El 16 de noviembre, Dostoyeski y otros miembros del Círculo Petrashevski, fueron llevados a la fortaleza de San Pedro y San Pablo y condenados a muerte por participar en actividades consideradas antigubernamentales. El 22 de diciembre los prisioneros fueron llevados al patio para su fusilamiento. Dostoyeski tenía que situarse frente al pelotón e incluso escuchar los disparos con los ojos vendados, pero su pena fue conmutada en el último memento por cinco años de trabajos forzados en Siberia”. Y los sufrió.

“En verano, encierro intolerable; en invierno, frío insoportable. Todos los pisos estaban podridos. La suciedad de los pavimentos tenía una pulgada de grosor; uno podía resbalar y caer. Nos apilaban como anillos de un barril. Ni siquiera había lugar para dar la vuelta. Era imposible no comportarse como cerdos, desde el amanecer hasta el atardecer. Pulgas, piojos y escarabajos por celemín…” Escribiría el escritor más tarde.

Pero fue parte de esta experiencia la que construyó su obra más emblemática. Primero, era epiléptico y por lo mismo sabía de sus terribles conmociones, y de esta condición provienen personajes epilépticos que están en obras como
La Patrona
,
Humillados y ofendidos
,
El idiota
o
Los demonios
.

Y de su experiencia siberiana surgen intensidades humanas, las contradicciones, la maldad y la mentira, pero también la grandeza y la esperanza en que el hombre contiene las dos semillas y una de ellas habrá de predominar.

No, Dostoyevski no es un moralista. No da clases de moral o ética, sí dibuja al hombre en sí mismo. Así está
Los endemoniados
,
Diario de un escritor
y por supuesto
Los hermanos Karamazov
. Luego vendrían las obras de madurez en las que está puesta la observación permanente en la psicología humana:
Crimen y castigo
y, claro,
El jugador
. Toda su obra es patrimonio de la humanidad.

Y qué tal Lev Tolstoi (1828-1910).
El Conde
Tolstoi. El viejo más sabio de todos los sabios. El hombre de la nobleza que quiso renunciar a sus bienes en favor de sus peones y, por lo mismo, fue repudiado, contradicciones hay.

Su obra es considerada joya de la inteligencia humana y muestra del realismo ruso. De ahí
La guerra y la paz
, en la que describe los avatares de personajes de distinta catadura a lo largo de unos cincuenta años. Desde las guerras napoleónicas hasta mediados del siglo XIX. Y ahí la campaña de los rusos en Prusia con la famosa batalla de Austerlitz.

El eje central de la obra entrelaza la problemática de dos familias nobles rusas, los Bolkonska y los Rostov, entre cuyos miembros se halla como círculo de conexión la figura del conde Pedro Bezeschov, en torno al cual se perciben los complicados hilos de las pasiones familiares.

Ana Karenina
es una obra y es el personaje emblemático femenino. Es la rebeldía. Es la lucha del estar bien, con vivir intensidades. Es la mujer atrapada en las convenciones sociales y de las que quiere escapar, pero sólo lo podrá hacer de forma trágica.

Tolstoi murió a los 82 años, en la estación de tren de Astápovo. Murió de neumonía mientras huía de la vida aristocrática en la que había vivido y de su mujer que lo acosaba porque había decidido entregar sus bienes a sus trabajadores: “Hay sobre la tierra millones de hombres que sufren: ¿por qué están al cuidado de mí sólo?”

Y qué hay con el enorme Antón Chéjov (1860-1904). El grandioso cuentista que en su finesa y elocuencia nos entregaba el alma buena rusa, y sus dolores más intensos. Su obra es recurso permanente para saber qué es literatura y qué es arte: ahí juntos.

Fue un médico que decidió acudir a las zonas rurales de la gran Rusia y en donde adquirió la tuberculosis que lo llevaría a la tumba con apenas cuarenta y cuatro años. En vida joven decidió dedicarse a la literatura y vivir de ella, sus penurias.

Lo novedoso de la obra de Chéjov está en que en relatos breves envuelve mundos completos y es en ellos en los que sus personajes se desenvuelven con toda libertad sin excesos. Las palabras justas. Los tiempos justos. Frases y párrafos exactos. Todo apunta una renovación: el monólogo que rechaza una finalidad moral.

Escribió obras de teatro como
El jardín de los cerezos
,
La gaviota
,
Tío Vania
,
Las tres hermanas
. Y, por supuesto, multitud de cuentos:
La dama del perrito
,
La tristeza
,
La corista
,
Exageró la nota
,
La mujer del boticario
,
Un drama
,
Una apuesta
,

¡Chist!,
Enemigos
,
Un escándalo
:

Vamos que Máximo Gorki (1868-1936) nos espera y quiere decirnos que escribió
La madre
, impregnado del aire rebelde que ya soplaba sobre la gran Rusia a principios del siglo XX. En realidad se llamaba Alekséi Maksímovich Peshkov. Y fue un impenetrable seguidor de Lenin que comulgaba con las ideas de Marx y se opuso al régimen zarista. Se afilio al ala bolchevique de Alksandr Bogdánov.

Gorki quiere decir “amargo” y decidió este seudónimo porque quería describir la amargura de la vida rusa al comenzar y “una determinación por decir la verdad amarga”. Su obra expresa su propia lucha por ‘resolver los sentimientos contradictorios de la fe y el escepticismo, el amor a la vida y el disgusto en la vulgaridad y mezquindad del mundo humano’:
Los bajos fondos
,
Hijos del sol
, por supuesto
La madre
y muchas más. Siempre candidato al Premio Nobel de Literatura no lo consiguió.

Nikolái Gógol (1809-1852) merece nuestra propia locura. El autor de
Taras Bulba
, ese gran cosaco del siglo XVI que revive en las páginas inmensas que Gógol quien lo ubica en la gran literatura mundial; y
Almas muertas
que es una rabiosa mirada a la vida de sus contemporáneos enriquecidos. Un reproche. Un canto enardecido por la terrible forma de vida del
mujik
ruso en pleno zarismo. Y
El diario de un loco
: eso mismo, la locura, la tristeza por la condición humana y la esperanza:

jhsantiago@prodigy.net.mx