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Agosto, un periodo traumático para la humanidad

Francia.– Una pertinaz leyenda urbana, alimentada en parte por los periodistas, postula que “en el mes de agosto nunca pasa nada”. Los empresarios sospechan que es un pretexto inventado por los sindicatos y los empleados perezosos para salir de vacaciones sin preocuparse por el trabajo que dejan pendiente.

Tan obstinada es esa creencia que incluso la respetaban los generales soviéticos en la época de mayor poder de la URSS. Las hipótesis de conflicto del Ejército Rojo excluían una eventual invasión de Francia en pleno agosto porque no había nadie que atendiera el teléfono del Palacio del Elíseo para recibir la orden de capitulación. Esa leyenda es falsa, desde luego, pero continúa sirviendo para alimentar la lúgubre reputación que acompaña al mes de agosto desde que fue bautizado con ese nombre en homenaje al emperador romano Augusto Octavio.

Mientras están echados sobre la arena, bronceando al sol, bebiendo cocktails, y mirando a las chicas y muchachos guapos que pasean por la playa, mucha gente finge olvidart que agosto ha sido —a lo largo de la historia— un mes extremadamente traumático para la humanidad.

Algunos partidarios de las ciencias oscuras aseguran que se trata de una maldición que perdura desde el alba de la era cristiana. Créase o no —afirman los hechiceros, magos, adivinos, nigromantes, aojadores, zahoríes y jorguines— Augusto fue asesinato en agosto, como tenía que ser, del año 14.

También fue un mes de agosto, pero del año 79, que las cenizas del Vesubio sepultaron la ciudad de Pompeya y que en 1096 salió para Tierra Santa la primera cruzada, acontecimiento que detonó la rivalidad entre cristianos y musulmanes que aún perdura, un milenio después. Ese mes también cobijó la matanza de San Bartolomé perpetrada en Francia 1572 contra los protestantes.

Sin ir tan lejos, la Primera Guerra Mundial comenzó en agosto. En realidad, fue el 28 de julio de 1914, aunque muchos prefieren ubicarla el 1° de agosto, fecha en que Alemania le declaró oficialmente la guerra a Rusia. Por eso, la historia norteamericana Barbara W. Tuckman decidió que su libro —el mejor estudio sobre el origen del conflicto— debía llamarse The Guns of August (Los cañones de agosto). John F. Kennedy lo utilizó incluso como guía de referencia durante la crisis de los misiles de Cuba, en 1962.

Fue un 20 de agosto de 1940 que León Trotski fue asesinado en México.

En 1944 no hubo vacaciones de verano en Francia porque el 24 agosto, dos meses después del desembarco aliado en Normandía, fue detenido el mariscal Philippe Pétaint y el 25 se produjo la Liberación de París.

También fue en agosto (1945) que Estados Unidos lanzó sus primeras bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki (Japón).

Años más tarde, en la noche del 20 al 21 de agosto de 1968, los tanques del Ejército Rojo penetraron en Checoslovaquia para aplastar la “primavera de Praga”, que prefiguró lo que ocurriría 11 años detrás de la cortina de hierro.

Los soviéticos, probablemente, debían tener un fuerte tropismo con ese mes. El golpe contra Mikhail Gorbachov ocurrió en agosto de 1991, como la crisis del rublo en 1998, una humillación nacional que ayudó a crear las condiciones para que un hombre fuerte como Vladimir Putin surgiera como la solución más adecuada para reemplazar a Boris Yeltsin.

Un 9 de agosto (1974) Richard Nixon tuvo que renunciar, humillado por el escándalo de Watergate. El 6 de agosto de 1978 se produjo la muerte del papa Paulo VI.

En agosto de 1990 el presidente iraquí Saddam Hussein invadió Kuwait y Estados Unidos puso en marcha la operación Escudo del Desierto.

Igualmente fue en agosto que los Beatles cantaron juntos por última vez (1966), murió Elvis Presley (1977) y Lady Di se estrelló contra una columna en el túnel de l’Alma en París (1997).

Si me dejo llevar por mis instintos, creo que debería aprovechar estos días para ir a descansar a la playa, pues —como todo el mundo sabe— en agosto “nunca pasa nada”. Pero, ¿quién puede descansar pensando que el mundo está expuesto a todas esas desgracias?