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Vitivinicultor japonés en Francia, “más papista que el Papa”

Solo hay un puñado de vitivinicultores japoneses instalados en
Francia e Hirotake Ooka es uno de ellos: con su personalidad
increíble, mezcla de aventurero excéntrico y gran sabio, es, con
el vino, más papista que el papa.

Cuando enseña su modesta finca de Ardecha (sur de Francia),
tres hectáreas desde las que se divisa el río Ródano, precisa
rápidamente: “Esto, antes, no era más que bosque. Arranqué
todo yo mismo para poder plantar mis cepas” de uva syrah, en el
granito.

En su parcela, tres vendimiadores recolectan, casi sin aliento,
la uva a mano, seleccionando grano por grano las uvas con su
cuchillo puntiagudo. “No se puede hacer un buen puré con patatas
podridas”, explica, en un francés prácticamente perfecto.

Hay que imaginar las agallas de este extranjero para querer
hacer un vino natural en Cornas, en este valle del Ródano donde,
como en otras partes, la mayoría de viñedos se heredan de
generación en generación.

“MUCHO MÁS EXTREMO QUE NOSOTROS”

Hirotake Ooka descubrió el vino durante un viaje a Francia
cuando tenía 20 años. “En Tokio, bebía sobre todo cerveza; el
vino, lo encontraba esnob”. Pero cuando un bodeguero francés le
ofreció un Cru Bourgeois de Burdeos de la añada 1982, comprado
por su padre, su paladar cambió.

Estudiante de química, lo dejó todo para obtener un diploma en
viticultura/enología en una de las más célebres regiones
vitícolas de Francia, en Burdeos (suroeste).

Rápidamente, decidió dejar la región, demasiado costosa y de
paisajes uniformes. Él prefiere que las viñas linden con los
huertos. En la región rural de Ardecha, lo recibieron “bastante
bien”.

Aún así, “hay gente que no entiende su forma de trabajar.
Él es mucho más extremo que nosotros en su dirección de los
viñedos: es un no-intervencionista”, observa Thierry Allemand,
uno de los pioneros de los vinos naturales de Francia, que conoce
bien a “Hiro” porque lo formó durante años.