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La eterna Celia Cruz

Un recuerdo amoroso a la cubana por excelencia

La guarachera de Cuba nunca habló de su edad. Tal vez porque presentía que gracias a su voz, estaba llamada a la eternidad. En las Efemérides artísticas y culturales que publica en su portal la emisora XEB, se consigna el 21 de octubre de 1919 como la fecha de su nacimiento. De ser así, hace 100 años nacieron en la isla, además de Celia, otros portentos de la música cubana: Beny Moré, Bebo Valdés y Rubén González.

Pero aunque su edad es un misterio, hay una fecha irrefutable: su muerte, víctima de un cáncer cerebral el 16 de julio de 2003. Entonces, nació la leyenda, cuyo paso por México fue definitivo para la carrera que desarrolló en Estados Unidos, como pionera de la salsa.

“Parece que ella no tenía claro la fecha de su acta de nacimiento y por otro lado, pudo ser vanidad”, dice el periodista Ernesto Márquez, editor de la revista Bembé y amigo de Celia.

Celia Cruz vino a México en 1960, de gira con la Sonora Matancera y decidió quedarse; aquí grabó seis discos con la orquesta veracruzana de Memo Salamanca. Dejó atrás una década difícil junto a la orquesta fundada por Valentín Cané. En esos años, tuvo que reconquistar al público acostumbrado a la voz de la puertorriqueña Myrta Silva, quien salió de la Matancera para regresar a su país.

“Muchos la ven de reojo, porque decían, ‘no canta como Myrta’, y se tuvo que ganar el aprecio del público a base de guarachas duras y de canciones históricas como Tu voz, o Mata siguaraya“, recuerda Ernesto Márquez. Pero gracias a esos años con la Matancera, se convirtió en la primera voz femenina de la salsa, “una gran maestra de la inspiración en términos de improvisar, que es muy común en el canto Caribe y que en la salsa no existía, ella los impuso, no solamente es una personalidad en la música cubana, sino también en los nuevos desarrollos, fue una pieza muy importante”.

Un símbolo del exilio, en contra de su voluntad

Si vamos a aceptar su centenario, continúa Márquez, también colaborador del diario La Jornada, “Celia es una mujer de muchos siglos, no solamente del siglo de su natalicio, sino lo que ha hecho a lo largo de muchas generaciones de soneros, de tener una musicalidad, de imponer una cubanía que se estuvo perdiendo hasta cuando regresó el Buena Vista Social Club (en 1997). Cuba rechazaba los sones originales para poner en alto los nuevos ritmos como la timba y Celia se sentía triste por eso; decía que defender esa música tradicional, era defender a la patria”. Paradójicamente, lo hizo desde el exilio.

Archivo OEM

El escritor cubano Leonardo Padura publicó en la revista Letras Libres de octubre de 2003, el año del nacimiento de la leyenda de Celia Cruz, que ella supo “cantar la música cubana con un sabor que ni el tiempo, la distancia, las modas o los rencores fueron capaces de mellar”.

Recordaba Padura los 35 años de veto que padeció Celia en su país y cómo generaciones de cubanos la vieron por primera vez en la pantalla de cine gracias a la película Yo soy del son a la salsa de Rigoberto López que ganó el Primer Coral del XVIII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana en 1996.

Celia fue sin desearlo, un símbolo del exilio. En una entrevista le contó a Ernesto Márquez que no tuvo más remedio que tomar una posición en la eterna pugna entre los “honestos y sinceros, y los corruptos y los gusanos“. Aunque nunca dejó de lamentar la división entre cubanos.

“Ella decía que sentía cargar a Cuba en sus espaldas. Una Cuba dividida. Y sufría por tener que apostar por el exilio y repetir sus frases, como ‘si regreso a Cuba será cuando muera Fidel’. Y resulta que se murieron todos antes que Fidel y ahí está Cuba, regenerándose como sociedad, los jóvenes nacidos en Miami ya quieren ir a conocer la tierra de los abuelos sin ningún tipo de prejuicios”, advierte el periodista.

Que la alegría no tenga fin

Este 21 de octubre celebramos el natalicio de Celia Cruz. Y qué importa cuántos años cumpliría. “Ella se sentía rejuvenecida en el escenario, veías a una cantante que no tenía edad, era jovial, con mucha energía”, dice Ernesto Márquez. “Recuerdo una vez en Cozumel, que Tongolele la estaba maquillando antes de salir a cantar, porque se veía cansadita, ya era la una de la mañana y en cuanto pisó el escenario y gritó ¡azúcar!, la viejecita que subió trabajosamente, desapareció. Era una tromba. Quizá por eso también negaba sus años, ¿para qué decirlo, si era una persona sin edad, atemporal?”.

Entre hermanos, primos y sobrinos, Celia vivió rodeada de niños, así que no lamentó no haber tenido hijos. Dejó el camino de la docencia por el de la música. No le hizo caso a su padre, quien quería que fuera profesora, aunque sí se consideraba una maestra.

“Enseño a la gente, en principio, mi cubanía, mi cultura y luego a ser felices”, le contó a su amigo mexicano Ernesto Márquez, cuyo hijo Arel fue bautizado simbólicamente por la cubana, quien estampó una cruz con su saliva en la frente del bebé. “Con lo que yo hago se deben de sentir felices y yo propongo que eso sea lo que impere en el mundo: la felicidad. Dejar de estar tirándose cañonazos y amarse más, procurar tener felicidad, por eso no canto canciones tristes”, aseguró. Sea pues, eterna, su alegría.