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Corbyn legitimó su liderazgo sobre el laborismo británico

  • Viernes 16 de febrero de 2018
  • en Mundo

PARÍS, Francia.- Con una contundente victoria en la elección
interna del Partido Laborista británico, Jeremy Corbyn cerró ayer
definitivamente la era social-liberal que encarnaron Tony Blair y
sus herederos durante 20 años.

Corbyn, de 67 años, casado en terceras nupcias con una
mexicana, totalizó 61.8 por ciento de los votos, mejorando el
caudal que había reunido en 2015 (59.48 por ciento), y aplastó a
su adversario Owen Smith (46), que representaba al ala
socialdemócrata del partido.

Con su histórica victoria en las elecciones internas, obtuvo un
claro voto de confianza para volver a la tradicional orientación
socialista del partido. El regreso a la línea del partido, sin
embargo, amenaza con poner en peligro sus posibilidades electorales
en una sociedad mayoritariamente conservadora. “Si la situación
no evoluciona rápida y radicalmente, no volveré a ver un Gobierno
laborista en mi vida”, advirtió el ex líder laborista Neil
Kinnock, de 74 años, en declaraciones a la BBC.

El duelo en las urnas que libraron las dos principales
corrientes del laborismo saldó -al menos en apariencia- la grave
crisis que vivió el partido en los últimos tres meses.

En junio último, un grupo rebelde -denunciado como
socialdemócrata- había promovido un golpe interno tratando de
aprovechar el desconcierto que reinaba en el país después del
referéndum sobre el Brexit (salida de Gran Bretaña de la Unión
Europea).

Ese grupo, dirigido por varias figuras emblemáticas del Labour
-como Hilary Benn, Tom Watson, Margaret Hodge, Ann Coffey, el
propio Smith y 80 por ciento del bloque parlamentario laborista-,
primero intentó provocar la renuncia de Corbyn y luego lo obligó
a aceptar un proceso de elecciones internas anticipadas para
designar al líder partidario. Incluso fue acusado de
antisemita.

“Trabajemos unidos por un verdadero cambio”, “concentremos
todas las energías contra el Gobierno (conservador) de Theresa May
y ‘olvidemos el pasado’”, propuso Corbyn a sus adversarios al
conocer los resultados en la primera jornada del congreso laborista
en Liverpool.

Nada indica, sin embargo, que los rebeldes recogerán la rama de
olivo tendida por Corbyn, a quien sus enemigos siguen acusando de
no haber hecho una campaña suficientemente vigorosa contra el
Brexit durante el referéndum, haber promovido una purga de
dirigentes rivales a nivel local y, sobre todo, de comprometer las
posibilidades electorales del Labour con una línea radical que
atemoriza a la mayor parte de la sociedad. El Congreso, que dura
hasta el 28, tratará de poner término a la guerra civil que vive
el partido desde que Corbyn fue elegido por primera vez, hace un
año.

La exhortación a la reconciliación lanzada por los principales
dirigentes difícilmente logrará disipar las tensiones internas,
debido a los catastróficos sondeos para Corbyn en caso de
eventuales elecciones anticipadas en el país, antes de la fecha
prevista de 2020.

Una encuesta del instituto YouGov estima que 52 por ciento de
los laboristas que apoyaron el Brexit no saben a quién van a votar
en las próximas elecciones, lo que implicaría una sangría de 1.7
millones de votos para el Labour.

“No dudo que podemos ganar las próximas elecciones”, dijo
Corbyn a sus críticos imperturbable, como siempre. Contrariamente
a su estilo informal y bohemio, ayer apareció en la tribuna del
Congreso laborista vestido de traje impecable, camisa blanca y
corbata roja. Casado tres veces -primero con la británica Jane
Chapman, luego con la chilena Claudia Bracchitta, madre de sus tres
hijos, y por último con la mexicana Laura Álvarez—, Corbyn es
diputado desde 1983 por el distrito londinense de Islington,
ubicado al norte de la ciudad.

Orador de voz suave y oratoria pausada, que trata de convencer a
su  auditorio en vez de enardecerlo, es un severo crítico de la
austeridad presupuestaria, se opuso a la participación británica
en la guerra de Irak, es partidario de eliminar las armas nucleares
y es un vigoroso defensor de los servicios públicos. Incluso
proyecta renacionalizar algunos, como los ferrocarriles, símbolo
de las privatizaciones durante el gobierno ultra-liberal de
Margaret Thatcher.

Sus adversarios lo acusan de abordar la política con
romanticismo y escaso realismo. Acaso se trata de una herencia
porque Corbyn es hijo de activistas que se conocieron en la Guerra
Civil española. Fiel a su tradición popular, ayer festejó su
elección preparando pizzas para un grupo de activistas en un
minúsculo café de Liverpool.

“Con Corbyn al frente del partido, el laborismo no volverá al
poder hasta 2030 por lo menos”, estimó el académico Tim Bale,
especialista del laborismo en la Universidad de Londres.

Corbyn pudo legitimar su liderazgo gracias al ingreso de 300 mil
nuevos militantes -sobre un total de 654 mil adherentes-, en su
mayoría partidarios de una clara línea anticapitalista y
antiausteridad. Sus adversarios afirman que se trata de una
corriente trotskista que ambicionada tomar el control del
partido.

Corbyn, por lo demás, cuenta con el apoyo incondicional de la
central obrera TUC, tradicional columna vertebral laborista y
principal fuente de financiación del partido: “Estoy cien por
ciento detrás de Corbyn”, reafirmó ayer Len McCluckey, líder
del TUC, movimiento que fue duramente golpeado por el Gobierno de
Margaret Thatcher e ignorado por Tony Blair.

La reafirmación del liderazgo de Corbyn corre el riesgo de
profundizar la actual división del partido que, en verdad, es un
abismo. El remedio sería peor que la enfermedad, pues una
división del laborismo haría el juego del Partido
Conservador.

El primer test de Corbyn será fijar la posición que defenderá
su partido en las cruciales negociaciones que debe abrir el
gobierno de Theresa May con Bruselas para definir las condiciones
la salida británica de la Unión Europea.