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El camino rumbo a la Compostela, ¡experiencia única!

  • Domingo 8 de enero de 2017
  • en Mundo

|Segunda y última parte| 

A fines del año pasado inicié el relato de un peregrinaje por el Camino de Santiago, en España. Una experiencia con la que se podrán identificar quienes han realizado largas marchas hacia un santuario en nuestro país. Aunado al esfuerzo físico está el camino interior hacia la paz y el encuentro con uno mismo.

Aprovecho para compartirles la recomendación de un lector: “En mi primer Camino coincidí con un peregrino austríaco de 84 años, yo tenía 69. Me recomendó ducharme siempre al terminar la jornada, nunca por la mañana y que no se me ocurriera meter los pies en agua durante el camino ya que la piel absorbe gran cantidad de agua y eso da lugar a las ampollas. He recorrido desde Roncesvalles a Santiago en varias ocasiones y nunca he tenido problemas con las ampollas. Nunca olvidaré a ese peregrino”.

Lee aquí la primera parte: Camino de Santiago

LA “COMPOSTELA”.

LA “COMPOSTELA”.

Continúo mi relato describiéndole mi tercer día de Camino, que no se me hizo tan duro porque fue por buenas sendas de tierra o asfaltadas, aunque casi todas con subidas muy pronunciadas. Siempre ayuda a aligerar el esfuerzo una parada para un tentempié a medio camino y una agradable charla con otros comensales.

Cansada, pero no tanto como los días anteriores, llegué a una Casa Rural coquetísima en un pueblo muy pequeño que se llama Lestedo. Fue un sitio precioso donde pasar la noche, realmente sentí no poder quedarme más tiempo. La antigua casa parroquial remodelada en armonía con el entorno, con ventanales enormes para aprovechar las vistas del valle y un servicio discreto y amable reciben al peregrino y lo ayudan a recuperarse. Si a eso le agregamos que tenía una bañera, el placer fue todavía mayor y el descanso, garantizado.

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Me faltaban 71 kilómetros para llegar a Santiago. Me encontraba con muchos ánimos para seguir. Tenía una jornada larga ese día y empecé más temprano porque ya conocía las ventajas de hacer varias pausas durante el recorrido.

EL FINAL del Camino.

EL FINAL del Camino.

Cuando llevaba unos 8 kilómetros un peregrino me informó que “al llegar a la esquina” encontraría un bar. La expresión es graciosa si estás caminando por una senda en medio de un bosque. ¿La esquina? Efectivamente, poco adelante esta senda cruzaba una carretera y ahí estaba un sitio muy famoso entre los peregrinos, sobre todo germanos, entre otras cosas porque el dueño habla alemán.

Me sorprendí gratamente al darme cuenta de que, a pesar de ser tan transitado, el Camino se mantiene muy limpio. No se ve basura de ningún tipo.

Otra cosa muy importante es la sensación de seguridad. Mucha gente lo transita sola. Hay tramos en que durante kilómetros no te cruzas con nadie más. Pero aún así, a cualquier hora en que lo recorras, te sientes confiada en que no va a sucederte nada y que cualquier persona que pase te auxiliará si te lastimas o requieres ayuda de cualquier tipo.

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Un poco más de camino y llegué a Melide donde hay un sitio donde preparan un pulpo a la gallega buenísimo. Me encontré muchas caras conocidas comiendo en mesas comunitarias que favorecen la charla entre propios y extraños. Oportunidad para conocer mejor a otras personas.

Otro bosque, cruzar algunos ríos, varias subidas muy pendientes y muy largas me llevaron finalmente a Arzúa. Había recorrido 33 kilómetros, pero un baño, una buena cena y un sueño reparador me dejaron lista para el día siguiente.

A PUNTO de llegar a Finisterre.

A PUNTO de llegar a Finisterre.

Algo que no he mencionado es que en Galicia se come muy bien. Sus quesos, sus carnes, sus pescados y mariscos, sus vinos. En fin, que disfruté mucho también de la gastronomía que ofrece el Camino.

Independientemente de la belleza de las rutas, de los buenos ratos compartidos con otros peregrinos y del buen clima que me acompañó, los momentos de meditación y de soledad fueron los que privaron en esta inolvidable experiencia.

De Arzúa a Rúa hay solo 19 kilómetros que acometí con fuerza renovada. Lo primero que encontré fue una subida muy pendiente en medio de un bosque.

Cerca de un pueblo que se llama Salceda, me sorprendí al ver dos placas haciendo memoria a sendas personas que fallecieron durante su Camino. Uno de los textos me conmovió: “Guillermo Watt. Peregrino. Abrazó a Dios a los 69 años a una jornada de Santiago el 25 de agosto de 1993, Año Santo”. Qué suerte haber terminado sus días haciendo algo que quería.

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Después de un bosque de eucaliptos que fue un placer también para el olfato, llegué a hospedarme en una posada que antaño fuera casa de labriegos. Varios peregrinos con los que había charlado antes coincidimos ahí y la cena fue acompañada con una amable conversación, entre todos.

Yo era la que menos kilómetros había recorrido (hay quienes tenían más de mil a sus espaldas), pero ya en todos se sentía esa ansia por llegar a Santiago. Al día siguiente llegaríamos a nuestro destino. Había un ánimo de anticipación y alegría, mezclado con la pena por terminar esta experiencia que se había ido volviendo parte de nuestras vidas y que tanto nos había dado a cada uno.

CATEDRAL DE Santiago de Compostela.

CATEDRAL DE Santiago de Compostela.

El último día de Camino fui muy consciente de mi entorno entre campo y bosques, escuchando el trinar de los pájaros, viendo las ovejas y a las vacas pastar, rodeada de flores. Y sobre todo viviendo esa sensación de paz que se instaló en mí en desde el principio y que me acompañó a lo largo de los días.

Al llegar al Monte do Gozo, me sentí en la recta final de mi andar, pero todavía me quedaban 4 kilómetros hasta la Plaza del Obradoiro, que se me hicieron eternos porque ya eran dentro de la ciudad.

Parar en esa Plaza, admirar la Catedral y dar gracias por haber terminado con bien el Camino fue todo uno. Entré y me maravillé con la belleza del recinto. Me acerqué a dar un abrazo al apóstol.

Después de esos momentos de recogimiento, me dirigí a la Oficina del Peregrino para mostrar mi credencial con todos los sellos que había acumulado en el Camino y que comprobaban que había recorrido más de los 100 kilómetros que se requieren para obtener el certificado conocido como la “Compostela”.

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Al día siguiente, gente de todas las religiones nos encontramos en la Misa del Peregrino. El último momento ecuménico que compartimos. Se conjugaron despedidas y deseos de que todos llegáramos con bien a nuestros lugares de origen.

EL FIN

Existe una tradición que consiste en ir a Finisterre una vez terminado el Camino. Allá fui. Me senté en la punta de ese acantilado mirando al infinito y dejé que fueran asentándose en mi corazón todas las experiencias de esos días. Pasó mucho tiempo antes de sentir que estaba lista para dejar ese sitio y regresar a mi vida diaria.

AYUDA PARA cargar las pertenencias durante el Camino.

AYUDA PARA cargar las pertenencias durante el Camino.

Finisterre, el fin de la Tierra, el fin de este Camino, el fin de una peregrinación.

Ese fue un camino de soledad y de fraternidad, un camino plagado de sonrisas y de amabilidad, un camino de reflexión, un camino interior. Un camino que se quedará grabado en mi memoria y que marcó el inicio de una ruta a una existencia más plena, más solidaria, más conciente del gran regalo que es vivir.

¡Feliz y próspero 2017! Que tenga un buen Camino.
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