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Le Pen se consolida en Francia, pero su triunfo se anuncia difícil

  • Martes 21 de febrero de 2017
  • en Mundo

  • La candidata de la extrema derecha es la favorita de la elección presidencial… por ahora

PARIS, Francia (OEM-Informex).- La candidata del Frente Nacional (FN) de extrema derecha, Marine Le Pen, está convencida de que este año los astros están perfectamente alineados para asegurar su victoria en la próxima elección presidencial en Francia. Pero esa certeza puede resultar un espejismo.

Todos los sondeos sin excepción la ubican primera con 26 a 27 por ciento de intenciones de voto para la primera vuelta, prevista para el 23 de abril próximo. Las dificultades de sus adversarios y el contexto socio-económico del país parecen jugar en su favor. Sin embargo, “sus posibilidades de convertirse en la sucesora de François Hollande son realmente mínimas”, afirma el politólogo Alain Duhamel, que observa la política francesa desde hace medio siglo.

Para ganar la segunda vuelta el 7 de mayo tendría que derrotar al Frente Republicano, que se forma espontáneamente en toda elección de alcance nacional para impedir que el FN pueda reunir 50 por ciento de los votos. En la jerga política francesa, ese obstáculo se conoce como el “techo de vidrio”.

Florian Philippot, gurú ideológico del FN, estima que esta vez no será difícil superar ese inconveniente. La principal razón, a su juicio, reside en el desprestigio de la clase política y la fragilidad de los candidatos que se enfrentarán con Marine Le Pen. En una reciente encuesta de los institutos Cevipov y Opinionway, tres cuartas partes de la opinión pública confesó su pesimismo sobre la clase política del país (31 por ciento de desconfiados, 29 de decepcionados y 25 tristes), 44 por ciento admitió que no le interesa la política, 70 piensa que la democracia “no funciona bien” y solo 46 considera al voto como su medio preferido de expresión.

“La gente tiene una opinión muy pobre de la clase política del país”, resumió Bruno Cautrès, profesor del Instituto de Ciencias Políticas de París (Sciences Po).

El panorama que ofrece la campaña, a nueve semanas de la primera vuelta, parece justificar esa desazón.

El candidato de la derecha conservadora, François Fillon, se encuentra sumergido en un escándalo sin precedentes sobre presunta malversación de fondos públicos por haber pagado a su esposa y a dos de sus hijos por empleos ficticios en el Parlamento.

Como resultado de esas revelaciones, ahora en manos de la justicia, se hundió en los sondeos. Fillon, que a principios de año tenía prácticamente ganada la elección, en un mes perdió nueve puntos (de 27 a 18 por ciento) y no está seguro de clasificarse para el balotaje. La despiadada lucha interna que sacude su partido, Los Republicanos (LR), impidió llegar a un acuerdo para reemplazarlo por otro candidato. Su popularidad sufrió otro rudo golpe el domingo, cuando 65 por ciento de la opinión pública consideró que debía retirar su candidatura, según una encuesta Ifop.

El tercero en discordia es el líder centrista Emmanuel Macron, que se postula como candidato de su propio movimiento En Marcha, creado hace pocos meses. Como ministro de Economía del presidente François Hollande, Macron fue el artífice de la política social-liberal aplicada por el Gobierno  socialista. Pero ahora rehúsa ser calificado “de derecha o de izquierda”. Joven, de 39 años, carismático e inteligente, seductor cuando ocupa la tribuna y con un discurso casi místico, está prácticamente empatado con Fillon.

El candidato socialista Benoît Hamon, penalizado por la decepción que causaron los cinco años de Hollande en el poder, propone un programa de ruptura con medidas revolucionarios tanto de orden económico como social. Los sondeos lo ubican en cuarto lugar con 14.5 por ciento de intenciones de voto. Pero, para convertirse en un actor clave de la elección, necesita crear un frente con otras fuerzas ecologistas y de izquierda. El líder del partido verde Yannick Jadot está a punto de aceptar una alianza electoral. En cambio, el fundador del movimiento de ultra izquierda Francia Insumisa, Jean-Luc Melenchon, que tiene 12 por ciento de votos, rechazó con desdén toda posibilidad de acuerdo. Esa arrogancia puede hacerle perder el apoyo del Partido Comunista.

Ese contexto favorece a Marine Le Pen. Como ocurrió con Donald Trump en Estados Unidos, la extrema derecha francesa también cosecha en la franja del electorado que se siente víctima del salto tecnológico del mercado laboral, castigada por el rigor de la globalización, discriminada por la sociedad y abandonada por “las élites que gobiernan desde una torre de marfil”, como Marine Le Pen.

Gracias a la crisis, este país tiene tres millones de desocupados (10 por ciento de la mano de obra activa), el FN canaliza el voto de protesta y de castigo, función que cumplía el Partido Comunista en la segunda mitad del siglo XX. Ahora, 44 por ciento de los obreros y 35 por ciento de los agricultores votan por Marine Le Pen. A eso se les suma una parte de la clase media (35 por ciento de los empleados, 21 de los jubilados, 15 de ejecutivos superiores y 29 de profesionales independientes).

Sus partidarios muestran además una fidelidad poco frecuente: 82 por ciento de los electores dispuestos a votar con el FN aseguran que no modificarán su decisión. Con los otros candidatos, la “decisión irrevocable” es de apenas 20 a 35 por ciento. Para Marine Le Pen esa lealtad ofrece la ventaja de que nadie se preocupa demasiado por las incoherencias de su programa político, el desorden que reina en su campaña, las intrigas internas e incluso por las proporciones que tiene un escándalo de empleos ficticios –similar al caso Fillón–  con fondos del Parlamento Europeo. La policía registró ayer la sede de su partido en busca de información sobre ese caso.

En circunstancias normales, esa “incertidumbre general tendría que favorecer los proyectos electorales de Marine Le Pen”, como reconoció Hervé Le Bras, autor del libro El desafío del Frente Nacional. Todo parece indicar que este año tampoco llegará a reunir 50 por ciento que exige el sistema de balotaje impuesto por el general Charles de Gaulle en 1958 para asegurar la legitimidad del ganador de la elección presidencial. Pero si el “techo de vidrio” no resiste la presión del voto de protesta, entonces Francia —y el resto de Europa— conocerán un terremoto político mucho más grave de lo que significó la victoria de Donald Trump en Estados Unidos.