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Planes geopolíticos de Putin y Erdogan se complican

  • Martes 20 de diciembre de 2016
  • en Mundo

*Asesinato del embajador ruso en Turquía afectará a oriente
medio

París, Francia. (OEM-Informex).- El asesinato del embajador
ruso en Turquía, Andrei Karlov, aparece como una operación
minuciosamente calculada para dinamitar tres ejes clave de la
reciente reorientación política adoptada por el presidente Recep
Tayyip Erdogan: sus relaciones con Moscú, la nueva estrategia
contra los grupos yihadistas que participan en la guerra civil
siria y la triple alianza ruso-turco-iraní que aspira a crear un
nuevo equilibrio geopolítico regional.

El diplomático fue abatido en Ankara de varios disparos por la
espalda efectuados por un policía de civil mientras gritaba en
turco “Somos los que juramos fidelidad a Mahoma para hacer el
yihad hasta nuestro último suspiro”. Luego agregó: “¡No
olviden Alepo! ¡No olviden a Siria! Mientras que sus habitantes no
se encuentren en seguridad, usted tampoco podrán vivir
tranquilos”. Tras un segundo de silencio agregó, en árabe, la
fórmula ritual del Corán que suelen proclamar los islamistas de
todas las tendencias: “Allahu Akbar” (Dios es grande).

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El atacante resultó ser un policía de civil de la brigada
antimotines, identificado como Mevlut Mert Altintas, de 22 años,
nacido en el distrito de Söke, en la provincia de Aydin en el
oeste de Turquía, según informó el ministro del Interior,
Suleyman Soylu.

El autor de los disparos consiguió pasar los controles gracias
a su credencial de policía, pretendiendo ser el guardaespaldas del
diplomático.

Fuerzas especiales de policía rodearon el edificio y mataron al
atacante.

El cerebro que planeó el asesinato de Karlov sabía
perfectamente el alcance político que tenían esos disparos
efectuados por un presunto islamista.

El blanco no fue elegido al azar: Karlov había sido el
principal artífice de la reconciliación entre Rusia y Turquía y
–sobre todo– estaba considerado como el arquitecto de la gran
alianza militar que permitió la caída de Alepo y ahora
planificaba los nuevos equilibrios regionales con los otros
vencedores de la guerra.

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El crimen se produjo 24 horas antes de una reunión prevista
para hoy (martes) en Moscú entre los cancilleres de Rusia,
Turquía e Irán, que precisamente debía examinar la situación en
Siria y particularmente en Alepo. Esos tres países son los
artífices de la resurrección política del líder sirio Bashar el
Assad y del nuevo orden geopolítico que se perfila en Oriente
Medio aprovechando el vacío de poder que está dejando Estados
Unidos (ver El Sol de México de ayer).

Como un símbolo elocuente de la importancia que tenía la
eliminación de Karlov, después del atentado Erdogan se comunicó
inmediatamente con Putin por la línea directa inaugurada entre
ambos presidentes hace dos meses.

Sentado junto al canciller Serguei Lavrov, y los directores del
Servicio Federal de Seguridad (FSB), Alexander Bortnikov, y del
Servicio de Inteligencia Exterior, Sergei Naryshkin, Putin declaró
por televisión que el ataque era “una provocación” destinada
a torpedear las relaciones bilaterales entre Rusia y Turquía. El
objetivo del ataque, precisó, era “perturbar” el proceso de
paz en Siria y los esfuerzos que realizan Rusia, Turquía, Irán y
otros países para “poner término a la guerra civil”.

“Van a obtener una única respuesta: la intensificación de
nuestra lucha contra el terrorismo”, prometió.

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Ni Putin ni Erdogan están dispuestos a dejarse arrastrar a un
nuevo distanciamiento capaz de poner en peligro sus respectivas
ambiciones regionales.

Después de haber aplastado toda forma de oposición política
en el país tras el fracaso del intento de golpe del 15 de agosto
último, Erdogan desplegó enormes esfuerzos para reparar los
vínculos con Moscú, deteriorados desde el incidente aéreo del 25
de noviembre de 2015, cuando dos F-16 turcos derribaron un Sukhoi
24 (SU-24) en la frontera con Siria.

La nueva alianza quedó sellada en agosto, 10 días después del
golpe militar, con el viaje de Erdogan a San Petersburgo y luego
con la visita de Vladimir Putin a Ankara en octubre. Esos
encuentros, tuvieron una crucial importancia geopolítica porque
permitieron al líder ruso presentarse como un sólido amigo del
presidente turco y ubicarse como alternativa a Estados Unidos.

Sin recibir un solo llamado telefónico de la Casa Blanca
durante varios días, Erdogan interpretó ese silencio como un
signo de la complicidad de Washington con los putschistas y, en
particular, con el hombre acusado de haber organizado la
conspiración: Fethullah Gulen, líder de la confraternidad
conocida como Hizmet (“el Servicio”), que el gobierno turco
prefiere definir como Organización Gulenista de Terror (FETO),
vive desde 1999 exiliado en Pennsylvania (Estados Unidos).

Otro objetivo del ataque de anoche fue, posiblemente, castigar a
Erdogan por la abrupta reorientación de su política con los
movimientos yihadistas en Siria.

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Su alianza con el Kremlin se hizo al precio del abandono de la
ayuda que Turquía había aportado desde el comienzo del conflicto
al grupo Estado Islámico (EI). Esa estrategia fue modificada en
agosto último con el lanzamiento de la Operación Escudo del
Éufrates, destinada a expulsar a los yihadistas de la frontera
turco-siria para poder reprimir tranquilamente a los movimientos
kurdos. Tanto los extremistas del PKK como los moderados del YPG
participan en el conflicto con la esperanza de instalar un
territorio autónomo a caballo entre Siria e Irak, esperando el
momento de ampliarlo a Turquía y proclamar una república
independiente.

Sin llegar a reconciliarse, Erdogan también abandonó el encono
que mantenía desde hace años contra el líder sirio Bashar el
Assad.

En ese confuso contexto, el analista ruso Orkham Ddhemal
atribuyó el ataque de anoche al frente Al Nusra, que se convirtió
en la nueva bestia negra del Kremlin. Ese movimiento, que en julio
último fue rebautizado Jabhat Fatah al-Sham, aglomera unos 15 mil
combatientes de 21 grupos. A pesar de las ambiguas declaraciones de
ruptura con Al Qaida, los servicios rusos de inteligencia están
persuadidos de que mantiene intacta su fidelidad a Ayman al
Zawahiri, que los alienta a proclamar un emirato islámico en el
norte de Siria.

En octubre, el líder de Jabhat Fatah al-Sham acusó a Rusia de
“concentrar sus bombardeos contra sus posiciones” y “evitar
atacar al EI”. “No hay otra opción que endurecer el combate.
Si el Ejército ruso asesina a nuestros soldados y nuestra
población, maten a los suyos. ¡Ojo por ojo!”, prometió Abu
Mohammed Al-Yulani.

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Cualquiera sea el que armó la mano del asesino -por
provocación o por venganza política- consiguió un resultado que
acaso no buscaba: darle un pretexto a Erdogan para justificar una
nueva ola de represión en Turquía y, al mismo, reforzar la triple
alianza ruso-turco-irania que ambiciona consolidar su influencia en
Siria y crear un nuevo equilibrio geopolítico regional.