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Política exterior de EU como la de Charlie Chaplin

  • Domingo 5 de febrero de 2017
  • en Mundo

¿Cuánto tiempo demorará Donald Trump en provocar una crisis internacional aguda, capaz de poner en peligro la paz mundial?

Numerosos diplomáticos europeos reconocen en privado que, cada vez que analizan la política exterior del presidente estadunidense, les viene espontáneamente in mente una secuencia de la película El Gran Dictador, en la que Charlie Chaplin juega con un globo terráqueo gigante.

Dos semanas después de la llegada de Trump al salón oval de la Casa Blanca, las cancillerías de Europa temen que los cambios de orientación de su diplomacia, sus excesos verbales y la escalada de amenazas provoque una crispación de las relaciones internacionales como el mundo no vivía desde la crisis de cohetes de Cuba en 1962, que fue el instante de mayor tensión de la guerra fría.

Como prueba, exhiben el escalofriante récord de incidentes que acumuló desde que llegó al poder. “Hace dos semanas, pero parece que hubieran pasado dos años”, confesó Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía en 2001, durante un coloquio realizado la semana pasada en París.

En ese breve lapso, se enemistó con el régimen de Pekín por cuestionar la doctrina de “una sola China” y poco después su secretario de Estado, Rex Tillerson, advirtió que la expansión del gigante asiático en el Mar de China Meridional “podría terminar en una guerra”. Durante una visita a Seúl, el secretario de Defensa, James Mattis, amenazó a Corea del Norte con una respuesta “eficaz y aplastante” si empleaba el arma nuclear.

Con Asia, en verdad, había comenzado 48 horas después de su llegada al poder, cuando retiró a Estados Unidos del Tratado Transpacífico de Cooperación Económica. Ese mismo día confirmó que esperaba abolir el NAFTA con México y Canadá, más difícil de concretar por cuestiones de orden legal.

También le colgó el teléfono al primer ministro de Australia, Malcolm Turnbull, y tuvo un agrio diálogo telefónico con el presidente Enrique Peña Nieto.

“Cuando oyen hablar de las llamadas telefónicas duras que estoy teniendo, no se preocupen”, dijo con orgullo durante el tradicional Desayuno Nacional de Oración, una cita anual en Washington con los líderes de las principales iglesias. “El mundo tiene problemas, pero vamos a arreglarlos, ¿de acuerdo? Eso es lo que yo hago, arreglo cosas”, afirmó, totalmente convencido.

Su medida más irritante fue, sin duda, el veto migratorio que aplicó a siete países de mayoría musulmana, una medida desautorizada por la justicia de Estados Unidos, que además provocó una ola de protestas internas y fuertes reacciones internacionales.

También agravó la irritación de la Unión Europea (UE) cuando recibió a la primera ministra británica Theresa May y elogió el Brexit. Más agresivo fue el nombramiento de Ted Malloch como embajador ante la UE, famoso por sus declaraciones a favor de la “desintegración” de la UE, y por su prédica contra el euro. Trump siguió con su escalada anti-europea cuando trató a Francia de “país que ya no existe” y días antes alarmó a todo el continente al amenazar implícitamente con retirarse de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), a la que calificó de “obsoleta”.

Estados Unidos tiene 46 bases militares en Europa, que constituyen el famoso “paraguas nuclear” de protección, creado en los años de la guerra fría para protegerse de la amenaza soviética. Pero esa presencia militar también convierte a Europa en el primer campo de batalla en caso de conflicto, lo que acuerda a Estados Unidos una profundidad estratégica casi imposible de perforar. La única vez que fue agredida en su territorio fue el 11 de septiembre de 2001 durante un ataque terrorista que utilizó las armas menos sofisticadas del arsenal mundial.

Los ataques contra la Otan, argumentan los especialista, significan escupir hacia el cielo. Con Europa, Trump “reniega de 70 años de diplomacia” estadunidense, exclamó Nicholas Burns, que fue número 3 del Departamento de Estado en la presidencia de George W. Bush y ahora enseña en Harvard. “Estoy muy preocupado por el camino que ha tomado el Presidente”, reconoció.

Frente a la avalancha de agresiones promovida por Trump, los líderes europeos -que se reunieron el viernes en Malta- están convencidos de que el objetivo de Trump es provocar la división de Europa y si es posible, el colapso de la UE. Es fácil imaginar las razones: el proyecto europeo, que asocia a 510 millones de personas, representa la segunda potencia económica mundial con 22 por ciento del PIB planeta, justo detrás de Estados Unidos (24 por ciento), y por lo tanto es el principal adversario para la industria estadunidense. Europa absorbe 14 por ciento de las exportaciones estadunidense, mientras que la UE vende 21 por ciento de su producción a Estados Unidos.

Las premisas de guerra comercial que se esconden detrás de esa ofensiva son coherentes con su doctrina de America first y la política proteccionista que predicó durante toda la campaña.

Mucho más inquietantes son las sanciones impuestas el viernes contra Irán y las amenazas proferidas, después que ese país experimentó un nuevo misil balístico capaz de transportar una ojiva nuclear. “Irán juega con fuego. No se dan cuenta cuán amable fue el presidente Obama con ellos. ¡Yo no!”, escribió en un tweet, su medio preferido de comunicación que con el correr de los días se convirtió en un arma más peligrosa que un proyectil.

Con respecto a Rusia, postergó por el momento el levantamiento de las sanciones económicas aplicadas en 2014 por la anexión de Crimea y su injerencia en Ucrania. En cambio, el Departamento del Tesoro aceptó las recomendaciones de la OFAC -el organismo que impone las sanciones financieras- y discretamente permitió que se reanuden las exportaciones a Rusia de equipamientos de tecnología de la información, como teléfonos inteligentes y tabletas.

Pero el frente más peligroso abierto por Trump es la guerra monetaria desencadenada contra euro, el yen japonés y el yuan chino.

La actual fortaleza del dólar en los mercados cambiarios se explica por la “grosera sub-evaluación” y la “manipulación” de esas tres monedas, según las definiciones escasamente diplomáticas del nuevo responsable del Consejo Nacional de Comercio, Peter Navarro. El objetivo de Trump consiste en promover una rápida baja de la moneda estadunidense para provocar una disminución mecánica del déficit externo. Una guerra monetaria es el equivalente económico del arma nuclear en el terreno militar.

La víctima principal de una agresión de ese tipo podría ser Alemania, país que nutre la paranoia de Trump y de su consejero Peter Navarro. “Una guerra monetaria contra Alemania puede destruir Europa”, se alarmó Jean-Pierre Landau, co-autor -con Markus Brunnermeier y Harold James- del libro El euro y la batalla de ideas.

Crear todos esos riesgos en 15 días no es poca cosa. Nadie había realizado una proeza igual, salvo Chaplin en El Gran Dictador.