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¿May considera a Trump como una alternativa creíble frente al Brexit?

  • Sábado 28 de enero de 2017
  • en Mundo

PARÍS, Francia (OEM-Informex).- La primera ministra británica
Theresa May no parece haber comprendido que todo lo que hizo Donald
Trump en sus primeros siete días en la Casa Blanca fue delimitar
una política económicamente proteccionista y políticamente
aislacionista.

La “relación especial” que postula May entre la Gran
Bretaña del post-Brexit y los Estados Unidos de Trump, debe tener
como principal misión “resistir al eclipse de Occidente” por
parte de China, India y Rusia. Esa concepción está basada en
ilusiones más que en las crueles realidades de la geopolítica.
“Nuestros dos países tienen la responsabilidad conjunta de
dirigir (el mundo). Si otros avanzan mientras nosotros retrocedemos
es malo para Estados Unidos, para Gran Bretaña y para el mundo”,
insistió.

Esas declaraciones cayeron sin duda en el oído de un sordo.
Trump tampoco está dispuesto a escuchar las recomendaciones de
prudencia destiladas por May: “Con Putin mi consejo es: Coopere,
pero tenga cuidado”. Incluso le aconsejó “mantener las
sanciones” económicas adoptadas contra Rusia por la anexión de
Crimea y sus “actividades en Ucrania”. En víspera del primer
contacto telefónico que debe mantener hoy (sábado) con el líder
del Kremlin, Trump sorpresivamente concedió que es “demasiado
pronto” para hablar de levantar las sanciones a Rusia.

El presidente norteamericano es aun menos sensible a la
importancia de las organizaciones internacionales que defendió
May, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI),
la ONU y la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte).
“La ONU necesita ser reformada, pero es vital” y la OTAN “es
la piedra angular de la defensa occidental”, proclamó May. El
viernes, pocos días después de haber calificado a la OTAN de
“obsoleta”, Trump dijo sostener "100 por ciento" la Alianza
Atlántica, según afirmó May sin que el presidente abriera la
boca para confirmar o desmentir.

No fue esa la menor de sus contradicciones durante la visita de
Theresa May.

El jueves, mientras la primera ministra británica declamaba en
Filadelfia su fe en las instituciones multilaterales, Trump firmaba
en la Casa Blanca una orden para comenzar a reducir la
participación norteamericana en esos organismos, una medida de
importancia crucial decidida en la soledad del salón oval sin
consulta con el Departamento de Estado, congresistas o expertos en
relaciones internacionales. Tanto en el fondo como en forma, se
trató de un modelo de aislacionismo.

May obtuvo, sin embargo, lo que buscaba desesperadamente cuando
decidió viajar a Washington: el apoyo de Trump antes de enfrentar
la decisiva votación del Parlamento sobre el Brexit. "Cuando todo
termine, ustedes van a recuperar vuestra propia identidad, tener
solo la gente que quieren en su país […] y concluir acuerdos de
libre comercio sin nadie que los vigile y mire lo que están
haciendo”, le dijo. “El Brexit va a ser una cosa maravillosa
para su país y una bendición para el mundo”, insistió.

El contraste entre sus declaraciones y las aspiraciones de
Theresa May no podía ser más elocuente. Incluso la vaga promesa
de Trump de llegar a un acuerdo bilateral de libre comercio con
Gran Bretaña es insustancial porque no traduce sus auténticas
intenciones ni reposa en la realidad de la situación
política.

Negociar con Gran Bretaña tomará mucho más tiempo que firmar
un decreto presidencial frente a las cámaras de televisión.
Londres no puede concluir ningún acuerdo antes de concretar su
salida efectiva de la Unión Europea (UE), en 2019. “Si hay
negociaciones con Washington, deberán ser muy discretas y
prudentes para no correr el riesgo de ser procesados por la Corte
Europea de Justicia”, explica Robert Bell, del bufete Bryan Cave.
Los CEO norteamericanos, que se interrogan sobre la pertinencia de
mantener una representación en Londres, miran con cierto recelo un
tratado bilateral entre ambos países.

“Primero vamos a ver cómo terminan las negociaciones sobre el
Brexit entre Londres y Bruselas”, previno Myron Brilliant, de la
Cámara de Comercio norteamericana.

Por su parte, los empresarios británicos saben que Estados
Unidos no podrá absorber los 640 mil millones de dólares que el
Reino Unido exportó hacia los otros 27 países de la UE en 2015,
último año con estadísticas completas. Esa cifra representa 48
por ciento del total de sus ventas al exterior, mientras que
Estados Unidos con 47 mil 200 millones equivale a 17 por ciento del
total. En contraste, Gran Bretaña solo compró por valor de 276
mil millones de dólares (53 por ciento del total de sus
importaciones).

Cuando se consuma el Brexit, la UE no cerrará las puertas a las
exportaciones británicas, pero los productos made in UK tendrán
que alinearse a las reglas de la Organización Mundial de Comercio
(OMC) y pagar entre 15 y 20 por ciento de aranceles. Ese costo
suplementario no es un buen negocio para un país que en 2015 tuvo
un déficit comercial récord de 157 mil millones de dólares.

Un acuerdo comercial con Estados Unidos obligaría a admitir
ciertos productos agrícolas, como el ganado alimentado con
hormonas o los pollos desinfectados con cloro, inaceptables para el
exigente consumidor británico. “¿Estamos dispuestos a reducir
nuestras normas de seguridad alimentarias?”, se alarmó el
diputado escocés Angus Robertson.

Después de esa breve experiencia en Estados Unidos, Theresa May
acaso comprendió que la reunión con Trump puede servirle para
impresionar a su frente interno, pero que es insuficiente para
chantajear a la UE o para creer que encontró una alternativa al
Brexit.