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El 2 de octubre y la prensa de 1968

“No corran, compañeros. No huyan. No se muevan. No pasa nada. Estemos aquí”- recomendaban los dirigentes

Entonces -era 1968- uno, el reportero necesitaba traer en el bolsillo un peso, no monedas de cobre de veinte centavos. Una servía para hablar por teléfono. Se estrenaban cabinas -no tan bonitas como las que existían en Londres- que permitían telefonemas discretos.

“Los muchachos del Consejo Nacional de Huelga informaron desde el tercer piso del edificio Chihuahua que no habrá marcha a Santo Tomás. No podemos intercambiar insultos por balazos. Realizaremos aquí nuestro mitin, compañeros. Y luego nos marcharemos a nuestra casa”.

Se lo comunicó con absoluta claridad al muy exigente -algo áspero- señor Mario Santoscoy. El Jefe de Información de “El Heraldo de México”. Usó la jaulita – tal le pareció- de una esquina. La que estaba frente a una panadería. Ahí dejó su peso. “Necesito monedas para el teléfono”, dijo a una empleada. Y salió a la calle.

“¡Cúbralo como mitin!”- le ordenó Santoscoy.

Colgaron. El dotado, incansable Santoscoy comprobó que no había ni brizna de papel ni asunto pendiente. Así disfrutaba su escritorio. Ponía el ejemplo. Madrugaba y velaba. Horas de trabajo y nada de fatigarse. Seguía -cumplía- reglas, disciplina y aspiraciones que compartía con su respetado amigo Manuel Buendía desde muchos años atrás. Juntos vivieron la aventura de dirigir -estremecer, sacudir-al popular diario -de gran tiraje- La Prensa.

Frente a Ciudad Tlatelolco colgó el reportero. Caminó de regreso a la explanada de las Tres Culturas. Observó que policías comisionados para proteger el edificio -la Torre- de Relaciones Exteriores abandonaban su guardia. Se refugiaban en un patio ciego de la Cancillería que conservaba pinturas de Carlos Mérida. Tapices de piso techo. Los de uniforme azul pretendían moverse a la velocidad de las sombras.

Prosiguió su marcha. Buscaría a Octavio Solís Trovamala. Antiguo compañero de escuela. Vecino de la colonia Prohogar. “Es trosko”, le advirtió un día su amigo Víctor Cázares. No lo atendió. Trovamala era un chamaquito, un escuincle casi cuando lo conoció en la escuela secundaria mixta nocturna “Gabino Barreda”. Fue en su busca.

Lo sorprendió observar que a su izquierda a paso veloz se movían numerosos soldados. Llevaban sus armas embrazadas. Era puntual su marcha. A paso veloz. Impasibles. Mecánicos. Obedecían. Seguían a un guía invisible.

“Van a repartir culatazos. Van a dar catorrazos. Van a repartir cates a diestra y siniestra”, pensó. Y le dolió la lluvia de golpes.

Cuando la muchedumbre -y desde el tercer piso del edificio Chihuahua los líderes comprobaron la presencia de los soldados- un golpe de temor los alcanzó. El gentío mostró su miedo. Su ansia de huir.

“No corran, compañeros. No huyan. No se muevan. No pasa nada. Estemos aquí”- recomendaban los dirigentes.

Ya nadie los escuchaba. Era tiempo de escape. Una suerte de brusco despertar.

Un disparo. Otro. Y otro más. Tiros. Balazos.

“Deben ser salvas”- se explicó. “Tiros de “a mentis”. No pueden matar a nadie…”- se animó.

Pero a su alrededor cayeron, murieron, quedaron mutilados.

-Ya me voy a morir. Ya me llegó la hora-se dijo. Y comenzó a despedirse de padres, mujer e hijos. Imaginarse muerto le liberó. Siguió a ambulantes de la Cruz Roja que con sus petos y emblemas avanzaban con los brazos en alto mientras gritaban:

“¡Cruz Roja…No disparen…Cruz Roja…No disparen!

Y soldados que a culatazos destruían los focos de los andadores de Tlatelolco.

Disparos que fracturaron las tuberías del agua de la unidad habitacional. Lavandera que iba al edifico “2 de Abril” y sintió cómo los tiros le cercenaban las piernas. Jeeps. Yips. Artillería ligera. Corresponsales extranjeros -comisionados, enviados para reseñar los Juegos Olímpicos monopolizaban las cabinas telefónicas. Les peleó:

“I am press too…I am press too”. Marcó 78 70 22..78 70 22…

“Mande más reporteros, señor Santoscoy. Esto ya se puso muy feo”- y colocó la bocina al aire cargado de tiros. “¡Cuídese…Cuídese mucho!- le recomendó Santoscoy.

Don Mario Santoscoy envió otros. Colocó cuartillas en el rodillo de la máquina. Atendió cada llamada. Serenó a los reporteros. Se las ingenió para confeccionar una información digna.

Esa noche Mario Santoscoy consiguió burlar la desaforada exigencia del abusivo joven Óscar Alarcón -hijo menor-. Era el subdirector del periódico propiedad de su padre quien había fundado el diario con apoyo, aliento, crédito y confianza del Presidente de la República. “El Heraldo de México está a sus órdenes, señor Presidente”, le ofreció el millonario Gabriel Alarcón Chargoy. Lo alcanzó la fama cuando se supo que había pagado el asesinato del líder cinematografista Alfonso Mascarua.

El 2 de octubre de 1968 desde su oficina en “El Heraldo de México”, el “joven Óscar” -así le trataban sus empleados- exigía:

“¡Que los maten a todos…Partida de comunistas…Bola de rojos…Que los maten a todos… Sí, que los maten a todos”.

Y a este reportero le demandó:

“Y usted no habla con ninguno del periódico. ¿Me oyó? ¡Con nadie!

Algo de ese 2 de octubre.

Que narra -51 años después- quien sí estuvo ahí.