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Isla de Pascua: Los moais no quieren más turistas

  • Sábado 4 de agosto de 2018
  • en Turismo

La turística Isla de Pascua, en medio del océano Pacífico, ha impuesto un límite para la permanencia de turistas y de residentes debido al creciente número de foráneos que están llegando a vivir allí y que, según sus autoridades, se "están tomando" la isla.

La restricción, aprobada en el Congreso en marzo pasado, rige desde este primero de agosto en todo este territorio insular chileno ubicado a unos 3 mil 500 km de distancia del continente, rebajando de 90 a 30 días el plazo máximo de permanencia de los turistas, tanto en el caso de los chilenos que no pertenecen a la etnia rapa nui como de los extranjeros.

La normativa impone, además, una serie de requisitos para quienes quieran ir a vivir a este territorio, cuyos primeros habitantes eran en su mayoría de la etnia polinesia rapa nui y que atrae cada año a más de 100 mil turistas, principalmente por sus enigmáticas estatuas de piedra llamadas Moais.

Fragilidad ambiental

El último censo de población (2017) determinó en la Isla de Pascua una población de 7 mil 750 personas, cerca del doble de la que tenía hace unas décadas, en medio de un creciente auge del turismo y el desarrollo inmobiliario de uno de los destinos turísticos más apreciados de Chile.

"Los extranjeros ya se están tomando la isla", alerta el alcalde de Isla de Pascua, Pedro Pablo Edmunds Paoa.

A su juicio, actualmente unas tres mil personas que viven en la isla "sobran".

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"Están perjudicando la idiosincrasia local, la cultural milenaria está cambiando no para bien, sino que a costumbres más bien localistas, del continente (chileno), de barrios marginales y eso no es positivo", se quejó el edil, agregando que las cifras de delincuencia y violencia intrafamiliar han aumentado.

La presión turística ha puesto al límite a todos los servicios básicos de la isla -de escasos 168 km2-, pero especialmente el manejo de la basura, dice por su parte Ana María Gutiérrez, asesora en materia medioambiental del municipio.

Si hace una década se generaban 1.4 toneladas de basura al año por habitante, hoy la cifra alcanza 2.5 toneladas, con un muy poco porcentaje de la población que recicla los desperdicios.

"La fragilidad ambiental de la isla es muy alta", advierte Gutiérrez.

Un buen comienzo

La nueva ley establece varios requisitos para permanecer viviendo en la isla, entre ellos ser padre, madre, cónyuge o hijo de una persona perteneciente al pueblo rapa nui. Fuera de esta ascendencia, podrán vivir en la isla funcionarios públicos, trabajadores de organizaciones que presten servicios al Estado y quienes desarrollen alguna actividad económica independiente en dicho territorio junto a sus familias.

Quienes ingresen además a la isla deberán presentar la reserva del hotel donde se hospedarán o una carta de invitación de algún residente.

La normativa establecerá también una capacidad máxima demográfica, la que deberá ser establecida por un consejo que se creará especialmente para estos fines.

"No estoy conforme con esta normativa, no es suficiente porque no recoge todas las aspiraciones de la isla", dice el alcalde Edmunds, que confiesa que su postura y la de "muchos rapa nui" era el "cierre total" a la llegada de nuevos residentes.

Pero, agrega, la legislación "es un buen comienzo" para regular la población de la isla, que ya cuenta con gran parte de océanos protegidos.

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Administrativamente, la isla forma -junto a la deshabitada isla Salas y Gómez- la comuna de Isla de Pascua, perteneciente a la región de Valparaíso, en el centro de Chile, aunque una reforma constitucional de 2007 estableció a la isla como un "territorio especial", de manera que su gobierno y administración están regidos por un estatuto distinto al resto de Chile.

Rostro vivo

En la Isla de Pascua hay 900 moai registrados, con una altura promedio de 4.5 metros.

El nombre completo de las estatuas en su idioma local es Moai Aringa Ora, que significa “rostro vivo de los ancestros”.

Estos gigantes de piedra fueron hechos por los Rapa Nui para representar a sus ancestros, gobernantes o antepasados importantes, que después de muertos tenían la capacidad de extender su “mana” o poder espiritual sobre la tribu, para protegerla.

Los clanes más prósperos ordenaban construir un moai como una manera de honrar al hombre difunto con mana. Después de varios meses de duro trabajo, el moai recorría su camino hasta llegar al ahu o altar de piedra preparado para recibirlo. Finalmente era erigido acompañado de grandes celebraciones.

Las estatuas fueron esculpidas, en un principio, en basalto, traquita y escoria roja, pero poco después los talladores se fijaron en el volcán Maunga Eo y la piedra volcánica de color amarillo grisáceo, que se da exclusivamente en ese lugar de la isla resultó idóneo para su construcción.